Los buenos somos nones y no llegamos a tres", pregonaba irreverente y capaz de burlarse del burgués más lumpen, del oligarca más encumbrado -muchas veces en sus caras- o del maleante más macho, sin pensar en el guabanazo que le podría venir. En el fondo pensaría que porque era cojo no iban a pegarle, o por la seguridad de que los amigos nos enfrascaríamos en la guantera, mientras él repartía un par de bastonazos, a veces hasta a nosotros mismos. Después nos íbamos a cualquier cantina a reírnos y a magnificar nuestros puñetazos como si fuéramos unos Ismael Laguna. Algunas veces hasta se formó el cumbé de nuevo en el refugio elegido para mojar las heridas en cerveza, porque un par de beodos querían comprobar si era verdad que éramos tan buenos con los puños, como con la boca.
La irreverencia y la rebeldía le venían de no entender por qué todo andaba chueco, si era tan fácil hacerlo bien, siendo tan inteligentes y leídos como parecíamos. No había filosofía que valiera, ni explicación política o económica de los sistemas que nos rigen que satisficiera su congoja de hombre profundo, al final para Claudio las vainas se reducían a una sola verdad: "faltan más Chés Guevaras"
Su lógica del dominó terminaba en el momento en que el aguardiente se le metía en el cauce sanguíneo, y las cuentas brillantes y lúcidas para ahorcar una doblesena se le enredaban entre el humo del cigarrillo tenaz y la próxima burla. Los que nos salvábamos de ellas era porque habíamos alcanzado una jerarquía de vacilones intelectuales de tal tamaño, que un momento antes de meterse en camisa de once varas se quedaba viéndonos, se frotaba el bigote recordando el talante de la posible víctima, miraba de reojo para ver si alguno más deseaba que se aventurara en el vacilón, y entonces renunciaba con el mutato nomine que le pareciera más ofensivo "la Bellida" para Rubén; "Tatillaláen" para el que escribe; "la Ricardilla" o cualesquiera otro que se le ocurriera, y entre más tragos, más agudo. Sus júbilos más notorios se los producían el humanismo comprometido, el conocimiento y la devoción de la amistad.
Nunca vaciló en defender a un amigo, como aquella vez que me enfrasqué con un teniente coronel -afortunadamente no sabía quién era- y se le tiró encima con Humbertillo y lo arrastraron escaleras abajo donde el militar echó un par de tiros de su 9mm, como testimonio de que esa era la mejor razón de existir. Desde aquella vez, y como apunta tan certeramente Luisito Franco en esta memoria que hicimos entre todos, supe que no hay nada más personal que elegir a los amigos.
Las mujeres que lo amaron nunca se preguntaron por qué se enamoraron de él, porque no había tiempo para semejante reflexión en el torbellino que era acompañarlo en sus angustias humanas y sociales, sus deliberaciones políticas, las sesiones de salsa o las peroratas sobre Latinoamérica, Mario Benedetti, el fútbol, Roberto Durán, Los Condenados de La Tierra de Franz Fanon, o simplemente un buen momento con una cerveza bien fría, como única testigo de las intimidades bien vividas. Prefería Soberana, y lo sustentaba con una simpleza absurda, pero que nadie se atrevía a rebatir: "así.. como quiero que sea mi tierra"
Por esas intensidades, y la levedad cotidiana perfectamente separada de la sensibilidad profunda y el buen humor, todavía ríen de sus ocurrencias, que es, a mi modo de ver, una forma de permanecer en el corazón de ellas para siempre, aunque otro ocupe el lugar físico. Así, no olvidan el cuento cuando aterrizó por vez primera en Albrook, y de la torre de controles le ordenaron pasar a tantos metros de altura y al norte de la estatua de Goethals, a lo que se apresuró a responder: "cuál Goethals, la única estatua que conozco es la de Victoriano Lorenzo".
Los pilotos dicen que todavía sigue volando, porque en su jerga, cuando el tanganazo viene de improviso, nadie se da cuenta. Debe ser algo parecido al borracho de Decisiones, una sonrisa en la Eternidad. Porque de lo que sí estoy bien seguro, es que los que lo conocimos concordamos en que se fue muerto de risa, igual que como vivió cada minuto entre los amigos y los familiares que transigimos con la única forma de entenderlo: queriéndolo.
Solo una vez confesó su miedo a morir estrellado, y lo hizo el 31 de diciembre de 1999 en la certidumbre de una recámara, el único sitio donde se sentía seguro. "Te das cuenta que tengo tres días que no vuelo; es que por vez primera en mi vida he preferido la seguridad de la tierra a los aires traicioneros". Ese día inolvidable empezó al alba una especie de ritual, el cumplimiento de una agenda cuidadosamente preparada, y con el cuerpo envuelto en la bandera en forma de capa, se miró en el espejo y gritó "lo hicimos", seguro de que ningún designio aciago le impediría el gozo inefable de la descolonización concluida. Aquel 31 voló más alto que nunca, con su capa mágica tricolor, que seguramente Chuchú Martínez hubiera descrito como un artilugio auténticamente panameño en su Teoría del Vuelo. Y fue la única vez que de sus ojos brotó un grito más sonoro que los gritos con que el corazón nos llama cuando el amor irrumpe en nuestras vidas. Le dedico esta frase del Che Guevara: "Hay que endurecerse sin perder la ternura jamás".
Se me ocurrió que el homenaje que nunca le hice lo tengo ahora en la consecuencia de la perspectiva histórica, en auténtica creatividad: saber con certeza, qué votaría el 22 de octubre, si pudiera acompañarnos ese día tan importante para Panamá. Igual que le dijo una vez a uno de esos procónsules que nos vejaron durante más de tres cuartos de siglo, "soy tan vertical como el bastón en que me apoyo", hubiera desenmascarado hoy a los promulgadores de la negación que se desenfocan de las reivindicaciones sociales, esgrimiendo su individualismo por encima de lo colectivo. A todos nos hubiera gustado ponerle la próxima salsa para que no se fuera, como hacía Alexandra cuando pedía la cuenta en el Aleph, facilitándole en la complicidad de la música el famoso arranque.
He estado pensando que mil palabras no bastan para pensarlo; que un buen artículo ya fue escrito; que todavía tengo la sensación de que algún día se va a aparecer por ahí, para invitarme a jumarnos la tarde de un sábado cualquiera; que nunca habría querido que se pensara que murió sin ver nuestra soberanía concluida, no porque el Canal no fuera nuestro, porque nosotros siempre sentimos que era nuestro, ni porque ya lo hubiéramos recuperado; rescato para todos lo que me dijo en una juma inmortal en Los Santos: "yo sé que nunca fue de los gringos; lo que no sé es si algún día será verdaderamente de los panameños", y se me quedó mirando para ver si yo había entendido que lo que quería era un Canal al servicio de la justicia planetaria, la equidad, y que produjera oportunidades para el crecimiento de todos.
Aquella noche leímos a Mariátegui en casa de Bobby:
"La historia es duración. No vale el grito aislado, por muy largo que sea su eco; vale la prédica constante, continua, persistente.
No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento"
Cuando echamos al imperio, porque era torrijista al 100%, me preguntó ¿y ahora a quién carajo vamos a tirarle piedras y a robarle mangos?; es que además tuvo la dicha de ser institutor, que es como haber nacido antiimperialista en este pedazo de tierra, angostito y bien ubicado, con su Canal ya en manos panameñas, y a punto de saber si la certeza de que nunca fue de los gringos, es del tamaño de la duda de Claudio: ¿será algún día de los panameños?
Solo será nuestro si no dejamos que nos lo quiten los políticos, los oligarcas, o los gobiernos en turno. Y estoy seguro que el jodedor de Claudio hubiera sido de los primeros en alertarnos sobre la urgencia de rescatar para todos el Canal que terminaremos de hacer nuestro, cuando aprendamos que decidir acertadamente es tanto, o más importante, que operarlo con la destreza que hemos demostrado, superando la dudosa infalibilidad de los gringos.
Cuando crucé la frontera de los 50 y a fuerza de tanta jodedera, amistad del alma y haberme enfrentado a los yonis en el 89, me concedió el honor de escuchar "los buenos somos nones y no llegamos a cinco".. pero nunca me atreví a preguntarle si yo era uno de los nones, porque solo por joder, me hubiera dicho que no.
"Yo quiero ser llorando el hortelano, de la tierra que ocupas y estercolas compañero del alma, tan temprano.." Miguel Hernández
Para Dieguito..el hijo más joven de todos tus viejos amigos.
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El Voto De Claudio
Se me ocurrió que el homenaje que nunca le hice lo tengo ahora en la consecuencia de la perspectiva histórica, en auténtica creatividad: saber con certeza, qué votaría el 22 de octubre, si pudiera acompañarnos ese día tan importante para Panamá. Igual que le dijo una vez a uno de esos procónsules que nos vejaron durante más de tres cuartos de siglo, "soy tan vertical como el bastón en que me apoyo", hubiera desenmascarado hoy a los promulgadores de la negación que se desenfocan de las reivindicaciones sociales, esgrimiendo su individualismo por encima de lo colectivo.