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Ellos se lo pierden, dijo Reina Torres

"La vida es una cárcel con las puertas abiertas" Calamaro


Era mi vecina de Las Cumbres. Lástima que sólo platicamos unos meses antes de que muriera. Chela Martínez, me llevó a conocerla, mejor dicho a reconocerla ya nos conocíamos del Instituto Nacional. Rememoramos la tarde que caminamos juntos hasta la piscina olímpica, por donde ella vivía en aquellos tiempos, y yo, estudiante interno, tenía permiso para practicar mis clavados.

Me impresionó su voluntad de vivir. La alcoba, pálida por la poca luz que dejaban colar las cortinas y por los frascos medicinales pululando por ahí, parecía la enferma. Mandó abrir los ventanales. La cascada de luz hizo el milagro. Ella y la habitación revivieron. Su vitalidad no le permitía flaquear ante su mortal enemigo, el cáncer. Recostada sobre almohadones, con una mesita llena de papeles y la cama regada de libros, seguía rasgueando la vida como si fuese una guitarra. Nunca su cerebro febril abandonó las ganas de trabajar por Panamá.

Mujer excepcional, no se detenía ante dificultades ni penurias. Se internó en selvas y convivió con indios. Hurgaba sin cesar en las entrañas de nuestras etnias y nuestra historia y desentrañó los misterios de su ciudad amada: Panamá. ¿Habrá mayor panameñidad?

 

Reina Torres enfrentó a Omar Torrijos y a Lakas quienes, reconoció, se portaron caballerosos y comprensivos. Estaban a un tris de vender la antigua estación del ferrocarril a un consorcio judío. Ella se opuso con las fuerzas de la razón y logró convencerlos de la necesaria sobrevivencia del magnífico e histórico edificio.

El comentario más agudo que escuché de Reina fue el de su lucha por conservar la primera locomotora que usó la Panama Railroad Co. La misma que durante años se lució en la Ave. Roosevelt (tan tupida de árboles que Ripley afirmó que ni al mediodía la atravesaba el sol). Los zonians solicitaron y consiguieron que la enviaran al museo de locomotoras en uno de los museos smithsonianos. En el fondo lo que querían era dejarle a Panamá lo menos posible. Me contó Reina que envió cartas para evitar el despojo. Si bien es cierto, decía Reina, que los gringos contruyeron la vía férrea por el cual circuló "el caballo de oro", que en hora y media trasladaba humedades del Caribe al inmutable Pacífico ¿qué sería de esa pequeña locomotora en un patio inmenso, ahogada entre cientos de máquinas colosales? Allá no dará el honor que merecen los zapadores de la primera ruta transoceánica. Ellos se lo pierden.


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320142
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América