“La libertad no debe estar sometida ni siquiera a la verdad” Raymond Aron
¿Con que sábana se arropan los pobres? Debe ser grande y con un tejido de hilos múltiples; además, con innúmeros defectos e infinitas cualidades, tantas como diferencias hay entre sus usuarios. De ahí que el sudor que recogen estas agujereadas sábanas tienen olores tan diferentes. Unos se empapan en deseos vengativos por humillaciones recibidas; otros, se envilecen porque nunca encontraron sus derechos humanos; los más, sufren de úlceras por la enfermedad de mundo: hambre; muchos por haber sentido en carne propia el rebencazo de elásticas leyes que jamás tocarán a los poderosos. Pero hay un calorcito como denominador común: el odio latente a los que mucho tienen. Bastará que aparezca un líder carismático con un abanico en la mano para avivar la llama que produzca la conflagración purificadora.
Tuve la oportunidad de sobar algunos idealismos que crecían por los parques de mi juventud. Traté de identificarme con ellos y, para seguirlos con razón, hice lo posible por entenderlos. Todavía la palabra utopía no los había borrado del pizarrón. Los idealismos respiraban, mostraban algo de pulso y tenían caras. ¿Qué caras? Pues la de los caudillos que los representaban.
Por suerte nunca sufrí de la debilidad de seguir a un hombre, por muy bizarra que fuera su estampa, aguerrido su lenguaje, y arriesgada su misión. Lo mío eran las ideas, las frases heroicas y la solidaridad humana. En nuestras parrandas cantábamos la Internacional («Agrupémonos todos,/ en la lucha final./ El género humano / es la internacional. / Ni en dioses, reyes ni tribunos, / está el supremo salvador. / Nosotros mismos realicemos / el esfuerzo redentor.») Si se fija en la letra, no esperábamos un hombre ni un comité ni un politburó para nuestra redención. La lucha de todos los trabajadores, brazo con brazo y hombro con hombro, era la única soldadura poderosa que podía unirlos: las ansias auténticas de libertad y justicia. La otra unión, la bastarda, basada, como Seinfeld, en nada, pegada con saliva de odio y sumisión a las órdenes del líder, con intelectuales que, como bien dice Aron, “son implacables con los defectos de la democracia pero están dispuestos a tolerar los peores crímenes siempre que sean cometidos en nombre de las doctrinas correctas”. Superada esa etapa, trato de seguir instrucciones de Yuan-min: “que las bisagras de tu espalda no se doblen (menos con mi rodilla biónica) para reverenciar a un tirano’”, sea diestro o siniestro.