EL TAXISTA, al igual que suele suceder en Panamá, cortó camino por todas las calles que pudo para llegar más rápido al estadio Cuscatlán. "Usted disculpe Ba (modismo salvadoreño), pero si no lo hago así no llegamos nunca y ahoritica se va a dar cuenta de lo que le digo".
De mi parte ni le contesté porque no conozco esas calles. Así que seguimos.
Pero al llegar a la Avenida La Amapola, para cruzar por debajo del puente elevado y tomar la vía Cuscatlán, fue todo una odisea.
Era un tranque en el que demoré más de 30 minutos. Finalmente le dije al taxista, déjeme en la esquina y yo camino hasta el estadio, que estaba a unos 25 metros.
Subiendo hacia el estadio, pensé que aquéllo era un carnaval, una noche de fiesta en el Cuscatlán. Fue el lunes, jugaba El Salvador con Guatemala y la entrada al estadio estaba llena de carros, similar a los tranques en Panamá. La pitadera de uno y otro, y los guardias ya no sabían cómo dirigir el tráfico a la entrada. Del otro lado de la calle, se podía apreciar a mujeres, hombres y niños tratando de cruzar en medio de tantos vehículos para llegar al estadio.
Mientras iba caminando, poco a poco se escuchan más cerca voces de los vendedores en la periferia del estadio.
"Suéter, suéter, compre su suéter de la selecta", eran los de la selección salvadoreña. Valen entre desde 8 y 10 dólares.
Sombreros y bufandas. El partido, era el segundo de la jornada, ya había comenzado, el tranque me atrasó, pero subiendo las escaleras, se escuchaban los gritos, que daban fe de que aquello era un lleno a reventar.
Los guardias dispersos en las afueras al alrededor del estadio, pendientes de cualquier cosa, pero sin caras de malo como los panameños. Sonríen y saludan.
Seguía y en el pasillo alrededor del estadio Cuscatlán, los vendedores no paraban de pregonar, casi todos a la vez. "Carne asada con casamiento (arroz), tortilla y chorizo a 3 dólares venga". "Chicles cigarros, compre el suyo, venga compre". "Sodas bien frías venga".
Mientras otros venían llegando desde adentro del estadio a llenar sus bolsas de maní, chicharrones, platanitos, yucas fritas y demás para seguir la faena.
Al entrar quedé sorprendido. ¡Qué calor! Esa fue la mejor entrada que han tenido en todo el torneo, 15 mil 432 fanáticos que dejaron en taquilla 61 mil 716 dólares.
En el sector de Vietnam, como es conocida la grada popular, no cabía ni el clásico alfiler.
En el área de la platea, por donde entré no cabía un alma más. Hasta fanáticos chapines pude ver. Sólo las tribunas de sombra y algunos puestos de sol preferente estaban vacíos. De lejos parecían hormigas.
Aquí ya los gritos de los vendedores, no los escuchas a menos que los tengas cerca.
Hombres y mujeres no dejan de pasar con las bandejas de "birras" (cervezas) en la mano. Cada jugada, cada acción era gritada por la multitud, en su mayoría salvadoreños, obviamente.
Al igual que los panameños, por los aires volaban cervezas. Entre fanáticos de uno y otro equipo se gritaban cosas. Y a la hora de cobrar los tiros de esquina, le tiraban botellas de agua a los "chapines". Hasta los jueces de línea tenían que andar vivos. Eso fue efervescencia total. Adrenalina en su máxima expresión.
De pronto pasa uno corriendo por el pasillo de las tribunas de platea, disfrazado de ave quetzal (ave nacional de Guatemala). Luego, a lo lejos, se veía a otro enmascarado haciendo toda clase de gestos. Cada quien disfrutaba a su manera.
El ambiente de fútbol continuó durante todo el partido. Sólo faltó el grito de gooool.
Al terminar el encuentro, los salvadoreños hicieron un tumulto de gente en medio del autobús que transportaba a la selección local. Le gritaban a sus jugadores que hicieran goles. Y no se fueron hasta que el microbús emprendió la marcha.
Me sorprendí al ver a un camión blindado, similar a los de la Brinks, saliendo del estadio.
Al preguntarle al guardia me dijo que ese es el que lleva el dinero de las entradas.
Y así como inició esta historia terminó. El tranque para salir estaba en todo su apogeo. Pero uno siempre debe de ingeniársela para salir rápido e irse a descansar.
Eso fue lo que hice, camine unas cuadras y tome un taxi lejos del tranque, ya la noche se estaba poniendo vieja, acá las calles son peligrosas, y era hora de dormir.
En el coloso de Monserrat
Me sorprendí al ver a un camión blindado, similar a los de la Brinks, saliendo del estadio.