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En este país no se salva nadie


La muerte caminaba apresurada con su lista de elegidos en la mano. Debía llegar a las ocho de la mañana al Hospital Santo Tomás, según su nuevo itinerario. Por lo regular, no le gustaban mucho los hospitales y prefería algún ahogado o accidentado, porque era más fácil por razones de metodología. Detestaba a los suicidas, porque eso de poner fin a una vida era su decisión. Pero a los que realmente odiaba eran a los homicidas, porque era como si alguien quisiera quitarle el trabajo; y en estos tiempos no era fácil tener un trabajo tan bien remunerado con la eternidad como pago.

Cuando estaba frente al hospital, trató de imaginar por qué se le comparaba con un elefante. Tal vez por eso se distrajo y al cruzar la Avenida Balboa, un bus "Diablo Rojo" fuera de ruta que iba como alma que lleva el diablo de un sólo golpe la hizo volar por los aires, dejándola tirada en la calle, casi moribunda.

Largo rato estuvo la muerte tendida en el pavimento sucio y caliente. Del impacto, la lista de sus víctimas saltó de sus dedos. Trató de levantarse para recuperarla, pero en ese momento sintió su existencia como una madeja de hilo enredada. Mientras las personas se arremolinaban a su alrededor, lograba apenas escuchar sus voces.

 

-Pobre mujer

¿Quién será?

¿Andará sola?

 

¿Será panameña o extranjera?

Pasó casi media hora cuando escuchó la sirena de una ambulancia y le pareció ridículo que a unos pocos metros de la entrada del hospital aún estuviera tirada en la calle; entonces sintió un ligero sentimiento de pena por aquellos que de seguro estaban debajo de otro diablo rojo, al mismo tiempo, pero lejos del hospital. La colocaron en una desvencijada camilla y enseguida se la llevaron, sin tener la menor idea de que era la misma muerte, ahora indefensa sin su lista. La ambulancia sólo tenía que dar un giro y avanzar unos metros para quedar en la entrada de emergencia del hospital cuando se descompuso. Luego de unos minutos de escuchar las maldiciones del conductor y una cuestión de deslindar responsabilidades a un mecánico que estaba de tiempo compensatorio y de hablar de una auditoría de las piezas que se habían comprado hacía meses y que todavía no se autorizaban en el departamento de contraloría para cambiar las viejas; el camillero y el conductor se decidieron a regañadientes a cargar a la accidentada hasta el hospital.

Allí la dejaron en medio de una marejada de enfermos en el pasillo del cuarto de urgencia. Al lado de su camilla, un hombre se quejaba de tener más de dos horas con una bala en el estómago; más adelante, una mujer acompañaba a su hijo que le había caído un pedazo de balcón de una casa condenada; un hombre aguardaba con heridas serias en la cabeza propinadas por el conductor de un bus y dos pavos; un taxista bañado en sangre respiraba por milagro, luego de que unos maleantes lo asaltaran; una maestra llegaba con todo un salón de niños intoxicados por la comida del kiosco de la escuela; un obrero se quejaba de dolor provocado por la caída que tuvo de un edificio en construcción; y la fila de gente maltrecha y jodida seguía como una comparsa. Por un momento, pensó que algunos de ellos tenían que estar en su lista, pero ahora no podía hacer nada.

 

Luego de unas horas por fin la examinaron pasándola a la sala de ortopedia por las múltiples fracturas en su cuerpo. Pocos días después en la cama del hospital, por primera vez sintió hambre y los médicos se sorprendieron de su asombrosa recuperación y enseguida le dieron de alta, porque ya no había camas. Cuando supo eso simuló desmayarse; necesitaba hacer una nueva lista. La examinaron, pero al hacerle preguntas, no contestaba. Abrió un parpado y los médicos vieron un ojo con una mirada fría y hosca. Para comunicarse con ella intentaron el inglés, francés y hasta chino; pero nada, la mujer no hablaba. Los médicos determinaron que había que dejarla unos días más. Al día siguiente habló, sólo para pedir una hoja de papel y un lápiz.

Al poco tiempo, los pacientes veían a una mujer deambular de cama en cama por los pasillos con el papel y el lápiz en mano. Miraba a cada uno detenidamente sin decirles nada. Algunas veces logró quitarles la sábana con la que se cubrían de pies a cabeza, y los señalaba con su dedo índice, como adivinando algo, como alguien que cree reconocer a otro. Tomaba la cuadrícula que colgaba en la cama de los pacientes de cuidado intensivo y de aquellos que iban a ser operados. Nadie sabía qué buscaba y qué escribía en el papel.

Salía a otros cuartos del hospital y hacia lo mismo. La apodaron La enferma silenciosa. Cuando la observaban, quitaba la cara, como escondiendo el rostro. Repentinamente, los pellejos se le habían pegado a los huesos y los ojos se le hundían en las cavernas de su cara. Se comentaba que esa mujer tenía una enfermedad rara porque olía como algo que se está descomponiendo poco a poco. Daba la impresión de que la muerte la estaba consumiendo; era como un esqueleto andante y todos se sentían muy afligidos por ella porque el diablo rojo la había jodido en verdad.

 

Los pacientes en el hospital sintieron lástima por ella y con regularidad le llevaban comida de la que sus familiares les traían. La primera en hacer el gesto fue su compañera de cuarto, quien padecía de cáncer y a pesar de eso se veía mejor que ella; le regaló el postre y la muerte lo miró con cierto desdén, pero se lo comió. Enseguida le comenzaron a regalar de toda clase de comida para ver si engordaba, porque cada día estaba más esquelética. Pero la enferma silenciosa se sentaba en su cama y se ponía la mano en la cabeza, mientras achurraba el papel entre sus manos. Parecía estar entrando en crisis y los doctores diagnosticaron depresión crónica. A veces daba unos golpes con los pies en el piso como de rabia, como alguien que se arrepiente de algo.

Lo que nadie había notado era que desde que la enferma silenciosa había llegado tampoco nadie había muerto en el Hospital Santo Tomás. Al principio, los doctores se sentían optimistas y satisfechos pensando que estaban haciendo un excelente trabajo, aunque los medios de comunicación no estaban muy felices, porque no tenían muertos para las portadas de los periódicos. El hospital se saturó en gente que llegaba con heridas graves, pero nadie moría. La alarma se extendió por todos los pasillos del hospital y por doquier se veía la gente con las tripas colgando; cuerpos baleados que parecían una coladera; quemados y atropellados deambulaban por el hospital sin tener nada que hacer. La administración tuvo que trasladar a los funcionarios de la morgue, porque sus funciones se hicieron prescindibles.

Un día, de repente, la enferma silenciosa se levantó de su cama. Agradeció las atenciones que habían tenido para con ella los demás pacientes, al tiempo que les daba un abrazo cariñoso. Al terminar, se marchó sin esperar que le dieran de alta. Pocas horas después, la compañera de cuarto que padecía de cáncer se encontró una hoja de papel con una lista en la cama que ocupaba la enferma silenciosa. Leyó detenidamente y enseguida cayó fulminada al piso, abrazada amorosamente por la muerte.


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339902
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América