C ervantes hizo bien al otorgarle una total lucidez a Don Quijote en la parte final de su trascendental obra, después de tantas aventuras vividas por este personaje. Así pues, ante su escudero, el ingenioso hidalgo sustenta en su lecho de muerte, algunos de los más preciados atributos de la condición humana como son la lealtad a los ideales, la fidelidad al amigo y la gratitud y amor hacia los seres queridos.
En verdad resulta, literariamente, muy gratificante y humano encontrar al caballero de la triste figura "legislando" bien en sus últimos momentos. Porque nadie más lo pudo acompañar en ese repaso sensato que antecede al postrer aliento. Sólo el hombre y su conciencia, en ese inexorable instante de la confesión introspectiva para llegar a lo ignoto, aligerado de culpas o reproches.
Recordé este pasaje de El Quijote de la Mancha cuando en días pasados, conversando en Santiago, donde me encontré por casualidad, con el hijo del Dr. Carlos Iván Zúñiga, del mismo nombre, me comentó que su padre estuvo completamente lúcido y consciente hasta el último minuto antes de morir. Pensé: cuantos pasajes, vivencias y experiencias debieron pasar, apretujados, por su mente, en una larga fila, intentando encontrar espacio para "acurrucarse" en los profundos pliegues de su alma noble.
En efecto, con la desaparición física del Dr. Carlos Iván Zúñiga Guardia, la Patria perdió a uno de sus mejores hijos. Nos consuela saber que su legado de hombre bueno y ciudadano ejemplar prevalecerá en la memoria de todos los que tuvimos el honor de conocerlo. En uno de sus aleccionadores y didácticos escritos sabatinos, que de seguro extrañaremos, dijo refiriéndose al tema de la memoria civilista, lo siguiente: "Sumada la memoria individual a la colectiva, luego de inventariar los hechos que le dan vida, se logra, con limpia precisión, la memoria histórica".
Independientemente de muchos otros atributos que adornaron su existencia, el Dr. Carlos Iván Zúñiga Guardia fue, ante todo, un notable humanista. Poseedor de una vocación social inquebrantable, dedicó su vida y su verbo exquisito a luchar con estoicismo, sin más protección que la coraza incuestionable de su moralidad. Cual Quijote moderno se enfrentó a los molinos de viento cuyas aspas de injusticia, corrupción e ignominia siguen agitándose en detrimento de la nación panameña.
Uno de esos momentos trascendentales, que de paso, marcó bien temprano su trayectoria y vocación por las causas justas, lo constituye la singular defensa que, en calidad de abogado, hizo de los trabajadores de la zona bananera de Puerto Armuelles, quienes en la década del 60 se abocaron a una huelga sin precedentes en la historia del movimiento obrero, enfrentándose a la poderosa empresa transnacional Chiriquí Land Company. A pesar de los infundados epítetos de extremista conque fue calificado por muchos y a pesar de las distorsiones históricas conque se ha pretendido evaluar la lucha del movimiento obrero del sector bananero en aquella época, Zúñiga no vaciló en asumir, de manera inclaudicable, su responsabilidad en defensa de los trabajadores, estimulado por el espíritu de una masa obrera noble, buena y luchadora que pudo por fin, de la mano de este moderno caballero andante, encontrar gratificante el sudor de su trabajo. Cabe anotar al margen, que lo que aconteció más tarde con la dirigencia del movimiento obrero en la zona bananera, es harina de otro costal.
De igual modo, considero que para todo estudioso de la política y la Historia de Panamá, debe ser lectura obligada El proceso Guizado: un alegato para la Historia, ensayo en el que el Dr. Carlos Iván Zúñiga explica y fundamenta las implicaciones y posiciones de cada una de las partes en el proceso judicial que culminó con el fallo condenatorio en contra del Ingeniero José Ramón Guizado, a la sazón, Presidente de la República, acusado de ser el autor intelectual del crimen del Coronel José Antonio Remón Canteras en 1955. Toda la acusación en contra de Guizado giró y se cristalizó en torno a la ambivalente y espuria declaración (de la que con posterioridad se retractó) del Licenciado Rubén Miró, autor material del magnicidio.
En esta, como en muchas otras ocasiones similares, la profunda convicción de justicia y equidad elevó el verbo encendido del Dr. Zúñiga para explicar, como diputado, su salvamento de voto en la Asamblea Nacional y denunciar la injusticia cometida en contra de Guizado.
Por otro lado, en tiempos de la Cruzada Civilista, cuando el clamor popular hizo erupción en nuestro país en contra de Noriega y su cúpula de poder civil y militar, el Dr. Zúñiga propuso la genial idea de los pañuelos blancos como símbolo de paz y solidaridad entre los panameños. Una estrategia a lo Gandhi que se consolidó como una táctica de resistencia pacífica sin precedentes en América latina y con la cual la sociedad panameña, sin distingos de clase, raza o convicciones políticas, consolidó esfuerzos en la búsqueda de un ideal común: el derrocamiento de la dictadura militar que finalmente ocurrió en 1989.
Otro pasaje de la vida del Doctor Zúñiga, impregnado del profundo sentido de dignidad y humanismo que lo caracterizó, fue el momento de su detención y cautiverio, precisamente a manos de los militares, en diciembre de 1968.
Aquella distante Navidad y Año nuevo de 1968, los pasó recluido en una minúscula celda, acompañado por dos grandes y golosos ratones en el último piso de la cárcel Modelo. Al respecto, en una conversación de sobremesa y con una humeante taza de café en la mano en la terraza de su casa de Boquete, me dijo con un inmejorable estilo poético y parodiando a Neruda, lo siguiente: "La brisa de la Modelo me llevaba a mi pueblo. Volví a sentir el aire que bajaba de la montaña del norte penonomeño. Al tornarse más recio y frío el viento con las primeras horas de la madrugada, mi aposento estaba en Boquete. Viento fuerte, trepidante, así es el viento del diciembre boqueteño".
En uno de sus últimos discursos durante un homenaje en su honor dijo: "Que me recuerden airoso, lleno de sueños, rumbo a la cátedra".
El pasado 14 de noviembre, cual los viejos elefantes, regresó a su natal Penonomé a entregar su marfil. A propósito de la expresión anterior, por incongruente que pueda parecer, puesto que todavía no he leído la novela, encuentro una sorprendente relación de lo dicho con "El último viaje del elefante", última obra recién publicada de José Saramago que narra una historia real sobre el viaje épico de un elefante en el siglo XVI que viajó desde Lisboa a Viena. Tal vez sea, porque sospecho que el octogenario escritor portugués y premio Nobel de Literatura, ha encontrado también su manera especial de despedirse, a través de esta obra.
Lo cierto es que hoy, uno de enero de 2009, cuando termino de escribir estas líneas en mi ordenador, mi gran amigo y maestro cumpliría 83 años. Con el corazón enlutado por la pena de su partida le dedico este escrito como humilde homenaje de respeto y valoración a su amistad. De seguro su recuerdo se quedará en nosotros, así como en los pliegues del alma de cada panameño que tuvo la dicha de conocer a Carlos Iván Zúñiga Guardia (descansa en paz).
David, uno de enero de 2009