He sabido de actos heroicos que al final del día construyen un mito en torno al héroe. El valor, entendido como coraje no le es dado a muchos. Hay que contar con, por lo menos, dos esperanzas y un torrente dispuesto a aceptar la presión del corazón que controla el miedo. Un ser corajudo es alguien que toma una decisión, hace la diferencia cuando nadie se atreve a hacer la diferencia.
Todos los días ocurren actos heroicos, no necesariamente son seres extraordinarios quienes se arrojan al protagonismo. Un segundo, un suspiro es suficiente para cambiar las cosas, el mundo. Por ejemplo una madre que, aunque sola y desamparada, trae al mundo un hijo, por ilustrar el asunto.
La esperanza no es un estado pasivo, es un proceso, un sentimiento que se construye. Pero, sin peros no hay historias cuando se trata de mis conciudadanos algo trágico pasa y sigue pasando, es decir ocurre.
Me quiero referir a los saludos. Si usted le pregunta al panameño: ¿cómo vas? Te responderá con un biennnnn, alargado y dudoso. Pero si insistiera, es casi seguro que responderá con el rostro transfigurado: “Ahí, pasándola, tú sabes”. A veces te encuentras con el indeciso que te endosará un “más o menos” o “la vaina ta dura”, con una cara de pescao de esas que duelen. Tenemos las variantes redentoras y zoológica: “entre chivo y conejo”; y la anatómica: “haciendo de tripas corazón”; “no me quejo” pero quejándose. Ya se escucha poco el “dios aprieta pero no ahorca” pero con poquita fe.
Es abrumante ese conformismo extremo y generalizado que se refleja en el día a día del panameño. Algo hay de eso también a la hora de elegir a sus representantes: “votaré por el menos peor, porque todos son lo mismo” y frente a las urnas que determinan su destino se rinden.
Pocos paisanos dicen de una buena vez ¡Bien! con los pulgares hacia arriba o “trabajando, tú sabes”; prima de “buscando el real”; pariente de “en la lucha que es cruel y es mucha”. Prefiero a Mameluco, un personaje humilde de La Chorrera que, por mucho que esté sepultado en la lama de Puerto Caimito, te dice con una sonrisa que no es mueca: “A mí siempre me va bien, hasta cuando me va mal me va bien”. La expresión cristiana, casi una alabanza: ¡en victoria! Debía ser el santo y seña del héroe que merecemos.