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Entonces descubrimos la maldad

Como si el ser humano, de cualquier época, cultura o educación, necesitara que viniese alguien para descubrirle esas cosas… ¡Ay, por favor! No sé si los conquistadores serían mucho más malos. Pero me da a mí que no. Que eran hombres exactamente iguales que los que había aquí.


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, actriz y escritora) / Antropóloga, actriz y escritora

Así como lo leen. “Y entonces descubrimos la maldad”. Eso lo puso en su muro en una red social alguien este pasado 12 de octubre. Con dos cojones.

Miren que me había prometido a mí misma que no iba a caer un año más. Que no me iba a dejar provocar. Que no, Loba, que dejes que corra. Pues no puedo, oiga. No puedo. No porque me sienta aludida por esa supuesta maldad, (huy, la capacidad mía para no sentirme aludida por insultos referidos a otros es casi infinita), sino porque me patea el estómago la demagogia y la estulticia. No puedo dejar de retorcerme en bilis cuando leo chorradas. ‘Y entonces descubrimos la maldad’, y se quedan tan anchos. Como si eso fuera cierto. Como si el ser humano, cualquiera que sea su época, su cultura o su educación, necesitara que viniese alguien de fuera para descubrirle esas cosas… ¡Ay, por favor!

Lo del mito del buen salvaje y esas ingenuidades están muy bien, qué bonitas las utopías del XVI, qué lindo leer a Locke y a Rousseau, qué estupendo regodearnos en Mowgli y en Tarzán. Tan educados ellos, tan buenos. Qué estupendo es mezclar eso con la visión de ese buen salvaje de la leyenda negra española. Un indígena en armonía con la naturaleza: virtuoso, amable, ingenuo y confiado, a merced de sus malévolos conquistadores, abyectos y sanguinarios torturadores, codiciosos y fanáticos. Malos malísimos, vaya.

Pues siento romperles el cristalito de color rosa, pero fíjense ustedes que no es porque lo diga yo, ¿eh?, pero al parecer, la arqueología, la etnografía y la antropología le dan bastante más la razón a los otros, a Erasmo, a Moro, a Gracián. Y sobre todo a Thomas Hobbes. ¿Que qué quiero decir con eso? Pues que señores, de buen salvaje nada de nada. Los incas, dominaban, controlaban, y saqueaban. Sacrificaban tiernos niños y niñas a sus dioses. Miren ustedes. Que los aztecas dominaban, masacraban, aterrorizaban, controlaban y sacrificaban. Y hasta se comían a los sacrificados en algunos casos. Que en Panamá los caciques más poderosos, en Conte, por ejemplo, se rodeaban de miles de piezas de exquisita belleza en su viaje al más allá, sí, pero también se rodeaban de esclavos que eran enterrados vivos para acompañar a su señor al otro mundo. Ojo, que esto no me lo invento yo ¿eh? Que aquí había esclavos, señores. Que se enfrentaban en luchas intestinas entre cacicazgos. Que se esclavizaban entre ellos, que se marcaban a fuego y se cortaban cabezas. Miren a ver si van a contemplar las esculturas de Barriles, obras maestras de la lítica precolombina, tan espectaculares, con sus señores mayestáticos con hachas dobles y cabezas cortadas en las manos. Los indígenas también eran unos hijos de puta, pero ¿eran ‘nuestros’ hijos de puta?

Y luego, según algunos, descubrieron la maldad. Pues no sé si los conquistadores serían mucho más malos. Pero me da a mí que no. Que eran hombres exactamente iguales que los que había aquí. Con otra visión del mundo, con otra cosmogonía y otra manera de entender las relaciones. Con pólvora, con acero toledano y cotas de malla. Con hambre de gloria y oro. Y con el convencimiento de que su dios, ese mismo dios al que hoy en día se adora mayoritariamente en éste país, les había dado permiso para imponerse por las armas y pasar a degüello a los que se opusieran. Ya, que sí, que eran unos perfectos hijos de puta.

¿Será que aún no habéis asumido que la sangre de estos españoles hijos de puta también corre por vuestras venas?


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904640
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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