“El cerebro es mi segundo órgano favorito” Woody Allen
¿Morena dije? ¿Será posible llamar morena a Liz Taylor? ¿Qué morenidad puede haber en ese cutis amasado con nieve y helado de cereza? (digo así, robando una figura de Lorca). Inglesa, pero de padres norteamericanos; pelinegra, pero de ojos de púrpura azulada; actriz, pero activista profunda de la vida. Gata maullando por los tejados calientes y compañera sin prejuicios de un homosexual en el último verano. Y eso que Tennesse Williams no tenía la menor idea de los encontronazos, gruñidos y zarpazos iniciales para el ayuntamiento que practicaban la Liz con su bienamado Michael Todd, ritual que espantó a la buena chica Debbie Reynolds y le paró los pelos de punta y otras cosas a Eddie Fisher. Liz, la indomable. Ni siquiera el otro británico Richard Burton, con todo y su parranda eterna pudo suplantar al único que domesticó a la fierecilla: Todd. Fue una niña prodigio. Empujada, casi arrastrada por su madre a su destino de estrella. No me gustan sus películas porque quedo hipnotizado, metido en los ojos de esa seductora hembra. Sin embargo, no se alborotaba mi libido con ella.
Pero la otra, la rubia, leche y escarlata; la novicia y zorra plateada; la tentadora ingenua, la Marilyn. Ah, esa es otra cosa. Todo en ella estaba predestinado a mover el sexo. Su voz meliflua, cantarina, yonofuí, y si fui no lo vuelvo a hacer; sus caderas (que me dieron siempre la impresión de un gran poder y fuerza), sus panties blancos y su falda plisada ingrávida, levantada porque se negaba a ocultar la desnudez a la que tiene derecho la belleza. Esa deslumbrante rubia platinada que hace más chombo al chombo Reyna, y más cholo al cholo Neco, se mantiene como uno de mis más recordados sueños eróticos. Su desnudez de almanaque estuvo muchos años metida en mi primer libro.
Sí me gusta repasar las películas de Marilyn. La picazón del séptimo año (solamente yo hubiese podido poner una cara más de tonto que su compañero Tom Ewell. Y Los caballeros la prefieren rubias. Buena actriz. No entiendo por qué desprecian su intelecto. Bueno, tal vez por su fallida predilección por los Kennedy, con la consiguiente amargura que la arrastró a su final. ¡Diablos, todavía estaba más buena que la rosca del Riba/Smith.
No entiendo por qué Mili no ha querido cantarme un Happy birthsday imitando a Marilyn. Se lo pediré una vez más este año.