Ernesto Sabato nació en Rojas y desde hace muchísimos años vive en Santos Lugares. Es natural de un pueblo de la provincia de Buenos Aires y eligió habitar una casa del suburbio. A primera vista, podríamos suponer que se trata de un hombre que prefiere las siestas venerables, el canto de los grillos o el ladrido de algún perro. Tal vez elija esas cosas en su vida privada; no las elige en su literatura: las tres novelas que ha publicado son rabiosamente urbanas. Juan Pablo Castel y María Iribarne, Martín y Alejandra, Fernando Vidal Olmos, Quique, Humberto J. D’Arcángelo y el propio Sabato son algunos de los muchos personajes que, tanto en El túnel como en Sobre héroes y tumbas y en Abaddón el Exterminador, deambulan por una Buenos Aires ajena a siestas pertinaces y a grillos cantores.
Una ciudad volcada hacia la nostalgia y la melancolía, con tendencia a la tragedia antes que a la comedia. La tristeza, la nostalgia, incluso la melancolía, son los rostros que caracterizan al porteño, al hombre que está solo y espera.
Esos rasgos encajan armoniosamente con la escritura de Sabato y con las historias que él propone por medio de esa escritura. Como señalara el crítico francés Paul Verdevoye: “Consigue una notable descripción de la topografía porteña. Se puede seguir muy bien el itinerario de los personajes en el plano de Buenos Aires”. Pero esas plazas, parques y calles lejos están de pertenecer a un mapa callejero o a una guía de turismo. Se articulan en función del texto y de las criaturas que le dan vida a ese texto. En El túnel, Juan Pablo Castel señala: “Desesperado, salí a buscarla por todas partes, es decir, por los lugares en que habitualmente nos encontrábamos o caminábamos: la Recoleta, la Avenida Centenario, Plaza Francia, Puerto Nuevo”. Castel beberá varios whiskies en un bar de la estación Constitución, buscará pelea en otro bar de la calle Leandro Alem, se sentará en algún banco de la Plaza San Martín y caminará una y otra vez por la calle Posadas hasta la esquina en donde estaba el Pasaje Seaver.
En su relato nombra diferentes sitios de la ciudad, sin embargo, esos parques, esos edificios y esas calles poco influyen en el ánimo del atormentado amante. Es comprensible, El túnel está narrada en primera persona: es el propio Castel quien cuenta cómo y por qué mató a María Iribarne; sería poco elegante que a la hora de relatar tanta tragedia se detuviese a describir edificios y calles. Situación que cambiará radicalmente en Sobre héroes y tumbas. En esta novela la geografía es esencial y se centra en cuatro barrios netamente de. nidos: San Telmo, La Boca, Barracas y Belgrano, junto a otros espacios, también de la ciudad, que no están caprichosamente elegidos.
En el Parque Lezama, con “la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas”, el azorado Martín del Castillo se topará por primera vez con la enigmática Alejandra Vidal Olmos. Hay un vínculo singular entre Alejandra y ese parque que hasta fines del siglo XIX perteneciera a don José Gregorio Lezama. En 1894 su viuda, doña Angela de Alzaga, vendió a la Municipalidad los 80.000 metros cuadrados que comprenden el predio; aquello que fuera privado, exclusivo y excluyente, pasó a ser público y popular. Puede leerse como un signo de decadencia oligárquica. Algo parecido sucede con Alejandra Vidal Olmos: carga apellidos patricios venidos a menos y pertenece a una familia de próceres de la que apenas persisten su abuelo Pancho y su tío Bebe. Uno guarda en una caja de zapatos la cabeza de su padre, degollado por la mazorca; el otro no cesa de hacer sonar un clarinete en “una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva”.
Todos viven en una casona con mirador, en la calle Río Cuarto, en ruinas como la familia que la habita y, para colmo, a punto de ser rematada: “¿Sabés de alguien que tenga apellido en este país y que viva en Barracas, entre conventillos y fábricas?”, le dice Alejandra a Martín.
A pocas cuadras de esa casona Martín conocerá a Humberto J. D’Arcángelo. Lo encuentra en Almirante Brown y Pedro de Mendoza, en el interior del oscuro bar que aún se alza en esa esquina. La Boca es un barrio del sur, como Barracas, pero con una historia diferente. Fundado en 1870, no se le conocieron viviendas solariegas y jamás lo habitaron familias patricias. En los conventillos de las calles Gaboto, Necochea, Ministro Brin y Pinzón se apiñaron italianos, españoles, turcos, rusos. Los hijos de esos inmigrantes también lamentarán una pérdida. Dice D’Arcángelo: “Aquí, cuando yo era purrete, había tre vitoria que daban gusto: la treinta y nueve, la cuarenta y dos y la noventa.
La treinta y nueve la manejaba el viejo. Era una joyita. No eporque fuera del viejo pero te garanto que era una niña mimada: la pintaba, la lustraba, le sacaba brillo a lo farole. Y ahora manyala”.
Pero mientras Alejandra Vidal Olmos añora un pasado ilustre, Humberto J. D’Arcángelo lamenta un pasado vulgar. Un buen salvaje, mal hablado, establecido a la orilla del Riachuelo. La Boca, con sus calles empedradas, sus conventillos, sus bares y la Bombonera, será el escenario adecuado para esa gente buena y humilde que suele reunirse en el café de Almirante Brown y Pedro de Mendoza.
La otra cara de la moneda, Sabato la situará en Belgrano y la expresará por boca de Quique, un afectado homosexual que poco tiene de bueno y nada de humilde: “Antes el mundo estaba bastante divertido pero en los últimos tiempos, con los peronistas, hay que reconocer que se ha vuelto casi totalmente Opio (…) ahora hay chusma hasta en la calle Santa Fe”.
Belgrano alguna vez fue un barrio de quintas (la de los Basavilbaso o la de los Newbery marcaban la diferencia y establecían los límites), habitado por familias ilustres. No es casual que frente a la Iglesia de la Inmaculada Concepción, Fernando Vidal Olmos encuentre, por fin, el sótano en donde la Secta de los Ciegos celebra sus reuniones secretas. La persecución a los miembros de la Secta lo había llevado por otros barrios y otras calles: “Fue un día de verano del año 1947, al pasar frente a la Plaza de Mayo, por la calle San Martín, en la vereda de la Municipalidad (…) El silencio y la soledad tenían esa impresionante vigencia que tienen siempre de noche en el barrio de los Bancos (…) Así descendimos hasta Leandro Alem y, después de atravesar la avenida, nos encaminamos hacia la zona del puerto”.
Así recorreremos Buenos Aires, y no sólo en su superficie, Fernando Vidal Olmos se aventura a narrar los subsuelos de la ciudad: “¡Abominables cloacas de Buenos Aires! ¡Mundo inferior y horrendo, patria de la inmundicia!”.
Abaddón el Exterminador comienza en la Recoleta: “En la tarde del 5 de enero, de pie en el umbral del café de Guido y Junín”.
En su frenético deambular en busca de una verdad imposible, Ernesto Sabato, como escritor y personaje, se topará con las criaturas que él mismo ha creado. “Salí a caminar por las calles de Buenos Aires y, conducido por un oscuro presagio llegué hasta los viejos senderos del Parque Lezama. Abrumado por los recuerdos, me detuve frente a la estatua de Ceres, donde cuarenta años atrás, misteriosamente, Martín se encontró con Alejandra.” Sabato, el personaje, deambulará por Belgrano, Barracas y La Boca. Lo veremos en Plaza de Mayo y en Palermo.
Se sentará en las mesas del Bar Británico y de La Biela. Repetirá al infinito los gestos de sus personajes para finalmente toparse con sus fantasmas, pero para entonces será tarde, ya habrá perdido toda esperanza: notará que los barrios que él recreara están a punto de devorarlo.
En las últimas páginas de la novela, Bruno regresa a Capitán Olmos, su pueblo natal. Recorre las calles olvidadas y entra en el viejo cementerio. Allí encuentra una lápida que simplemente dice: “Ernesto Sabato/ Quiso ser enterrado en esta tierra/ con una sola palabra en su tumba/ PAZ”.
A la hora del descanso definitivo, Ernesto Sabato deja a sus personajes en el bullicio de la ciudad y elige, para él, un olvidado cementerio de un pueblo de la provincia. Los barrios que lo hicieran célebre ya son cosas del pasado.
Próxima entrega:
Mario Vargas Llosa en Lima