Deportes

Esta cotidiana vida


A Francisco Moreno Mejía

El sol se asomaba en el horizonte cuando Carlos despertó. En realidad, la voz del vecino le hizo abrir los ojos. Éste hablaba con estridencia, parecía que su voz rebotaba en las paredes, acumulaba energía y salía por las ventanas con gran sonoridad. El vecino se llamaba Jean-Francois, un francés radicado en Panamá, el cual tenía la terrible costumbre de tirar las puertas de su residencia y de hablar a gritos a su mujer y a los hijos. La mujer por su parte respondía en español en el mismo tono. Esa forma de expresarse le hacía pensar a Carlos que la pareja mantenía constantes y acaloradas discusiones. La casa de estos vecinos quedaba justamente detrás de su recámara; si acaso tres metros de patio separaban las dos viviendas.

Carlos ojeó el reloj colocado en la mesita junto a la cama. Eran las seis y treinta de la mañana. Bostezó. Pensó en la siguiente fase de su despertar. No pudo evitar imaginar lo que vendría: le correspondía al niño de los vecinos. Tendría diez años de edad, se levantaría maldiciendo por tener que ir al colegio y, antes de bañarse, pondría el juego electrónico que emite un sonido repetitivo y monótono. Un sonsonete que, según Carlos, estimula la estupidez. Pasó un largo rato. Nada ocurrió.

 

Encendió la televisión, pasó canal tras canal en busca de un noticiario matutino. Miró el reloj nuevamente. Ahora indicaba las siete. ¡Qué extraño! ¿Las siete de la mañana y no hay noticieros? Abrió la ventana, la luz del sol inundó la estancia y una sospechosa tranquilidad se mantenía en los alrededores… Se estremeció. ¡Hoy es domingo!, dijo en voz alta.

¡Coño, domingo y estos desgraciados haciendo ruido! Sentía el cuerpo agitado. ¡Domingo y yo estoy levantado buscando noticias! ¿Qué les pasa? El único día que puedo dormir más tiempo. Se sentó al borde de la cama. Si tan solo pudiera dormir un poco más. Pulsó el comando del televisor y apareció una escena que retuvo su atención. La pantalla mostraba a un hombre alto, fornido, que mantenía entre sus manos un fusil AK 47, con el cual le disparaba a cuanta persona se encontraba en el camino. El personaje se apodaba "El Exterminador". Carlos sentía rebullir la sangre en sus venas. Se necesitaban varios exterminadores en este mundo, pensó.

Hacer ruidos era lo cotidiano en sus vecinos: el radio, los tres perros que ladraban, y el aparatito ese con su música artificial. Durante las noches, a Carlos le llegaba en sordina el ronroneo del aire acondicionado de la otra casa, ubicado frente a la ventana de su recámara. ¡Malditos!, gritó. El hombre disparaba una vez más. Los músculos faciales rígidos, unos lentes oscuros ocultando la terrible mirada. Carlos tenía una mirada amenazante, la misma que, probablemente, ocultaban los lentes oscuros del protagonista de la película.

 

Recordó la última vez que intentó dialogar con la vecina. Le explicaba que él trabajaba en turnos rotativos y que su única noche libre era la del sábado. Toda la semana guardaba la secreta alegría de poder dormir el domingo hasta tarde en la mañana. Le vio cara de tonta a la mujer ¿o se hacía la tonta? Sin embargo, parecía escuchar atenta, y le dijo que sí, que lo comprendía; pero, el estúpido aparato era uno de los juguetes preferidos del niño. ¿Jugar en la calle con otros niños? Jamás. Estar fuera de casa era muy peligroso y lo repitió como dos veces. Carlos no recordó las otras explicaciones. Entonces, con sórdida intención, le dijo: "comprendo, sólo ese francés se pudo casar con usted", y la dejó con la palabra en la boca.

El hombre en la televisión se dirigía a otro lugar, tocaba una puerta y decía algo que ya a Carlos no le importaba. La ira llenaba todo su ser. Se dirigió a la pantalla del televisor, arrancó el fusil de las manos al hombre y, con el arma lista para disparar, se dirigió a la casa de su vecina. Tocó a la puerta. La mirada fiera. La mujer protestando decía: "Es domingo, ¿quién viene a esta hora a molestar? "Abrió. Carlos apuntó sin la menor vacilación… Ella lanzó un grito agudo y largo, y cayó lentamente al suelo. Al escuchar el terrible alarido, el marido apareció gritando: "Qu´est-ce que c´est que ça? " Y se encuentra con la mujer en el piso y a Carlos apuntándole con el puño de la mano y el dedo índice como si fuera un revólver. En español, el vecino le grita: ??" ¡Usted se ha vuelto loco!

Carlos mira a la mujer y, como despertando de un sueño, le dice al hombre con un tono de voz grave, adoptando el aire displicente y hosco del exterminador: ??" ¡La próxima vez los mato a los dos!

 

Mientras se va durmiendo, a Carlos le parece escuchar la voz del vecino que, por primera vez en mucho tiempo no grita. Apenas escucha cuando dice: "¡mujer, por favor abre los ojos, abre los ojos!"


fecha edicion
old id
417385
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América