¿Quién no ha oído eso de que el que la tiene chiquita se compra un gran coche? Pues eso tiene un nombre, en psicología se llama afán de compensación. Para aclararnos: si me siento deficiente en algo, pues compenso excediéndome en otra área. Así la gente encubre debilidades, o frustraciones, o incompetencia.
Desde luego, es una estrategia absurda e irracional, porque no se ataca la raíz real del malestar. Al dueño del carrazo no le va a crecer diez centímetros por mucho que su automóvil no quepa en la plaza de garaje, ni los años van a dejar de pasar porque usted, mi querido lector, se compre un deportivo amarillo para compensar (o así creerlo) su pérdida de cabello en la coronilla y su incipiente tripilla cervecera.
Con la sobrecompensación algún tarado puede tratar de suplir el abandono a sus hijos o los guantazos a su mujer.
¿Qué a qué viene esto ahora? Pues viene a que busco la razón real del interés en hacer una estatua gigantesca en la cinta costera. ¿De la virgen? Una vez más me quedo ojiplática y patidifusa con la estupidez humana.
Digo, no es la primera vez que los seres humanos deciden que una enorme muestra de poder enaltecerá a sus dioses y brindará suficientes dosis de envidia a los vecinos, amigos y menos amigos. El coloso de Rodas, la estatua de Atenea, los colosos de Memnón, todos ellos muestras de egos hipertrofiados, ya sea de ciudades, gobernantes o adoradores. Todos ellos muestras de que nada es eterno. Y que lo que con trabajo y riquezas se sube, rápido lo hace el tiempo caer.
¿Cuál será la razón real? ¿Será el intento de compensar ofensas hacia la ciudadanía? ¿O será una muestra de soberbia y mal gusto mayúsculos? Una estatua gigantesca de la Virgen. Alguien debería de decirle al de la idea que deje de fumarse lo que se está fumando. Le hace daño.
Es absolutamente ridícula la idea de una estatua gigantesca de María en la cinta costera. Pero en el caso de querer hacerla de todas formas, yo abogaría por no hacer una sola. Hagamos un paseo de estatuas gigantes, más que nada para respetar eso de la libertad de cultos. Hay que hacer un Cristo en majestad, un pantócrator. O mejor aún, ¡hagamos un titánico Cristo negro de Portobelo!, como guiño a la identidad panameña y al movimiento pro rescate de ésta. Y luego un pichón enorme no estaría mal. Cerniéndose sobre el ojo triangulado, para que el resto de los cristianos, esos a los que lo del culto mariano les parece idolatría, no se sientan excluidos. Sigamos: una enorme estrella de David. Un Vishnú con ocho brazos. Nada de cuatro, ocho. Un buda yacente de veinte metros de largo. Y sugiero hacer un enorme muro, tan alto como el resto de las imágenes, donde pueda plasmarse en hermosa caligrafía árabe el nombre de Alá. ¿Más? Claro, también podríamos recordar a los paganos, un par de esculturas, una de Zeus, no, mejor de Neptuno, que nos pilla más a mano. Y deberíamos de hacer otra al ‘dios desconocido’. Se aceptan sugerencias para otras representaciones. O quizás se podría hacer un referéndum. Cosas más estúpidas se han preguntado en diversas ocasiones.
Así, las compañías y los políticos que crean que deben compensar al pueblo por algo, (las razones pueden ser múltiples y variadas) tendrán opciones. Y con la suficiente creatividad podremos seguir olvidándonos de las cosas importantes mientras nos dedicamos a mirar para arriba, con la boca abierta, contemplando la gigantomaquia estatuil. Pan y circo. Y mal gusto.