“El buscador de defectos los halla incluso en el paraíso” Thoreau
Primero fue la moda de «la llantina». Berreamos en todos los tonos posibles: los presos, los chorrilleros, los precaristas, algunos escritores; los buhoneros, los indios encolerizados con Balboa (no con los balboas); los empleados con empleos odiosos y los no empleados porque están cansados de comerse un cable; los sindicalistas que sienten vértigo con la palabra privatización, los piedreros a quienes no dejan en paz mientras fuman su porquería, y los maestros por no perder la costumbre. De la llantina se pasa –como de un ensayo al pas d’action– a la protesta callejera. Tales protestantes consiguieron publicidad inmediata al crear la moda de cerrar calles. Y el ejemplo cundió como partículas de un maligno estornudo. Lo que al principio se creyó era una muestra de democracia, resultó todo lo contrario. Ahora todos sabemos que el cierre de calles es diversión de unos pocos y perjuicio de miles. Por suerte esa moda agoniza sin que nadie la llore.
Hoy estamos inmersos en una nueva moda política. Moda que parece un ejercicio de gramática: «A ver niño, conjúgueme el verbo acusar en presente indicativo». «Con mucho gusto, maestra... yo acuso, tú acusas, él excusa, nosotros excusamos, vosotros... y acusamos todos».
De esta moda debemos pasar, o sea del excusado, a la moda del juicio veloz con presentación de pruebas. Pero (apareció el maldito pero), no sería lógico. Ja, ahí está el fallo. ¿Le gustará a la multitud la presentación de pruebas? Si nos registramos bien, si dejamos a un lado la ternura y la caridad cristiana con que calificamos nuestros errores, si somos capaces de soportar las pruebas en contra de nosotros con la misma alegría con que aportamos las que condenarán al vecino, estaríamos en verdad imponiendo una moda extraordinariamente original, todavía no vista en el mundo.
Pongamos aquí unos puntos suspensivos. ¿Bien? Ahí van...
Gracias. Ustedes perdonen, era solamente ganas de poner puntos.
Será mejor que me ponga a tono con la moda y, arriesgando una acusación de plagio, comience mi artículo con un J’acusse... y más adelante cerrar con la verdad de don Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Y si no basta, me acusaré: Je m’acusse de haber venido al mundo (como dice Thoreau) no para hacerlo bueno sino para vivir en él fuera bueno o malo.