Meicon mamey cuña televisiva de una escuela de inglés
De películas de vaqueros heredamos el estikimóp (stick'em up!). O sea, ¡manos arriba! Jugábamos con revólveres de papelillo y solo exigíamos que levantaras las manos y te rindieras. Nunca se nos ocurrió pegarle una patada en la cara a un contrario, como hacen los pelaos de hoy. ¡Abominable valentía la de estos miserables!
Con el tiempo, la expresión estikimóp sufrió variantes. Una, que todavía es válida, es que lo agarren a uno infraganti, que te sorprendan sin defensa alguna.
Me agarraron estikimóp la semana pasada. Lo cuento para poner en guardia a mis lectores. Recibimos una llamada supuestamente desde el aeropuerto de ciudad de México. Sorprendieron a uno de mis hermanos con una cantidad de dinero no declarada y debía pagar una multa para seguir viaje a Panamá (y devolverle su dinero). Mis neuronas se pusieron en guardia. ¿Mi hermano? pregunté, ¿cuál hermano? Luis Ernesto, me contestaron. Aquí está y se lo pondremos, pero antes debo advertirle que la multa es de dos mil dólares y no podrá continuar viaje si no la paga. Solo tiene mil cien en la cartera, por lo tanto, necesita 900 para completar. Dicho lo cual, me pasaron a mi hermano. Increíblemente, la voz que escuché era la de Luis Ernesto, al menos como yo la recordaba. Me dijo «Neco, perdona que te haya metido en esto, pero no puedo salir de aquí si no pago, por favor hermano...». El oficial del aeropuerto volvió a hablarme. Dijo que la licenciada Yolanda Márquez, su jefa, estaba muy disgustada porque había intentado engañarla dos veces. Debía enviar cuanto antes el dinero, si no perdería el vuelo de la una y media de COPA. Ahora sí me tembló todo el cuerpo. Mi hermanito (hermano tardío que nos regaló mi padre), en México, solo, con 50 mil dólares incautados. Por supuesto que olí una tremenda mordida, después de todo ellos son los inventores de eso (aunque ahora los superamos). Pero seguí las instrucciones que me dieron: debía enviarlo por Money Gram a nombre de la licenciada. En la siguiente llamada di la clave. No volvieron a llamar. Me estremecí. ¿Devolverían los 50 mil o serían capaces de matarlo? No, mi hermano estaba en su casa de Carolina del Sur. ¿y yo? Pues en estikimóp, yopeado, sin poder siquiera amenazarlos con un «Meicon mamey».