Terminó la XI Feria Internacional del Libro de Panamá. Volví a Madrid con la sensación de haber hecho, todos, lectores, escritores y organizadores, un gran esfuerzo cívico. Tengo para mí que el nivel cultural de la Feria se ha elevado y eso no es poca cosa en un país en el que desde las instituciones se valora muy poco la cultura.
Me sobraron escritores invitados sin ninguna relevancia más que comercial. Cada uno sabe lo que lee y que se atenga a las consecuencias. Diferenciemos entre leer y leer cultureta, ese leer que cree que por estar al tanto de las modas literarias eleva su acervo. Mentira, es leer por poder decir que se está a la última y eso, se nota.
Un acierto invitar a Daniel Mordzinski y dejarle retratar a nuestros escritores. Eso es cultura. Lo que ha captado Daniel con su cámara es sin duda el alma de las historias detrás de cada uno de ellos. Una mirada que nos permite mirarnos y que permitirá a otros mirarnos mejor.
Los Premios Miró, bien editados, merecen una mención especial al igual que la débil presencia de un descabezado INAC que se mantiene en pie por el tesón y el compromiso de un puñado de buenos funcionarios. Son esos pocos los que se merecen el respeto de todos y los que están manteniendo a flote la nave.
Guatemala nos dejó sus vívidos colores, su tejer pausado pero firme de un presente que está cambiando ahora mismo, y que se erige como ejemplo dentro de la región del cual haremos bien en estar atentos. Un país que estuvo a la altura del honor de ser invitado a un evento como la Feria.
El fin de fiesta, con César Young Núñez homenajeado, fue un broche brillante, que canalizó todas las emociones y todo el trabajo y toda la fe que le tenemos a la cultura de nuestro país. Un acto lleno de todo lo bueno que representa escribir libros, no venderlos, que representa todo a lo que se debe aspirar al ser escritor: el cariño de los lectores y la complicidad de los colegas. Lo demás son cifras, es dinero.
Por lo demás, los amigos, las confesiones, las conspiraciones, las quejas quedas, las mesas redondas, las presentaciones, los cafés, los almuerzos o cenas en compañía o solos, los libros en oferta, los "más vendidos" vacíos de contenido, los autores de fuera que son de dentro y los de dentro que son de otra cosa que no es literatura, el cansancio, el trabajo, la Literatura, ese es el resumen de unos días mágicos.
La ausencia del presidente (con minúscula) es un mal síntoma. Y fíjense, no cabe ya ni el sarcasmo de minúsculas, ni las críticas aceradas, ni el rechazo de tal acción, cabe ahora la tristeza y la preocupación. A una ayuda económica testimonial por parte del Gobierno, hay que sumar el desprecio del mismo.
En fin, pintan días malos para la cultura de este país. Pero tranquilos, en diciembre, ese mismo presidente, va a traernos a Disney y toda su pandilla, barato, 3.7 millones. Viva, viva?
Mientras, nos queda la lectura, la reflexión y, no muy lejos, la acción. Entre todos, los de verdad interesados, podemos hacer más grande la Feria del Libro de Panamá. Nuestras letras atraen cada día más, se están haciendo cada vez más visibles. Todavía hay cronistas culturales que ceden a la idea de que la literatura hecha en Panamá no merece espacio en los medios y yo les digo que se equivocan. Tenemos que leer mejor, tenemos que apreciar bien nuestra literatura, llena de talento y, qué duda cabe, de mucha paja. Pero ese no es motivo para dejarla de lado. Si es por paja literaria, aquí en España nos sobran escritores por todos lados.
Para la próxima Feria, nos espera más trabajo. Unos escribiendo, otros organizando, todos leyendo: al fin y al cabo se trata de eso, de leer, de mejorar, de poner los libros en manos de los lectores. Lean, "Los días que se pasan en blanco son días negros", dice César Young Núñez en "Juego de damas". Y no le falta razón al poeta.