La tarde soleada de ayer se conjugó con los aplausos y las lágrimas de familiares y fanáticos que solo querían estar cerca de aquel lanzador que les brindó muchos momentos de alegría con sus actuaciones sobre los montículos de diferentes estadios de su natal Panamá y del extranjero.
Roberto "Flaco Bala" Hernández, aquel serpentinero conocido por su capacidad para dominar a los bateadores contrarios, regresó al país, procedente de la ciudad de Houston, en un féretro, tras no poder ganar lo que, en su momento, él mismo denominó "el partido más difícil de su vida": la lucha contra el cáncer en el esófago.
El avión de la Presidencia de la República (HP-1A) llegó a la pista del Aeropuerto Marcos A. Gelabert, donde posteriormente se abrió una de sus compuertas de la que fue sacado el ataúd con el cuerpo de Hernández. Los presentes, vestidos en su mayoría con camisetas y gorras del equipo de Los Santos, aplaudían mientras veían el féretro.
Lina de Ulloa, madre de “Flaco Bala”, no pudo contener el llanto cuando tocaba el ataúd que fue cubierto con una bandera con los colores naranja y negro, representativos de la provincia santeña. Luego, la caja fue introducida en el carro fúnebre en medio de los aplausos de los presentes que reconocían en "Flaco Bala" a un campeón del montículo y a un guerrero de la vida.
El carro con los restos de Hernández y otros vehículos, abordados por familiares y amigos del ex pelotero, salieron del aeropuerto en medio de aplausos y vítores de fanáticos que decían: “¡Viva, Flaco!”.