La palabra “célebre” ha sido tomada y repartida, como ocurrió al manto de Jesucristo en aquella escena al pie de la cruz. Hoy día, en los medios de comunicación es común nombrar como “celebridades” a personas que gaguean frente a las cámaras, a chicas que saltaron a la fama el día que un ex novio reveló sus intimidades en Facebook, a sujetos cuyo máximo crédito es que, con excepción de los lunes, “rumbean” hasta tarde en las discotecas de moda (el lunes lo hacen en casa), o a esa muchacha que decidió cambiar sus toronjas por sandías (no esperes explicaciones). ¿Les corresponde esa denominación?
En el ámbito político, no son “célebres” los más reconocidos cumplidores de su palabra, tampoco los que auspician mejores leyes, y menos quienes dictan cátedra de decencia como funcionarios. ¡Qué va! En cambio, a los que hacen todo lo contrario a lo ya dicho no solo los reconocen en cuanto acto aparezcan, sino que son premiados con el voto. ¿Les cae bien esa calificación?
Hasta en el campo docente, dicen algunos maestros que ellos recuerdan más al peor alumno que al mejor, al más travieso que al tranquilo, al que debieron llevar a la dirección varias veces que al que sacó las mejores notas en la promoción respectiva, al que salió en televisión porque llevó un revólver al aula que al que portó el pabellón en los desfiles de noviembre. Esos son alumnos “célebres” para muchos. ¿Tienen razón?
En anteriores columnas hablé sobre el alma de las palabras, ahora valdría agregar que en ciertas ocasiones nuestros vocablos también cambian de vestido. Me pregunta una dama por qué se permite decir “álgido”, cuando lo que se quiere decir es “caliente”. Aclaro: estar en lo “más álgido” de una negociación no significa permanecer inactivos, congelados, no; significa que las partes están dilucidando los aspectos más controversiales del tema, los que literalmente echan chispas. “¿Pero álgido no significa frío?” Sí, pero el uso por parte de los hablantes le dio esa connotación contextual a la palabra, le hizo cambiar el vestido.
La palabra “bizarro” alude a una persona valiente, y bien valiente. No hay puntos medios. Pero tome a diez usuarios de la lengua y pregúnteles por ese significado, y verá que por lo menos la mitad contesta “extraño, raro” (la proporción sube si es entre usuarios jóvenes).
Regreso al camino: la palabra “célebre”, que aparece en el encabezado de esta segunda columna de mayo, transmite una connotación de respeto por los logros de alguien que merezca este adjetivo, tal vez porque en los libros siempre (o casi siempre) se denomina así a personas con grandes aportes a la humanidad. Sin embargo, es solo una connotación, porque en verdad, el diccionario sí autoriza a llamar así a los personajes que traje a colación (esta frase me gusta, un domingo de estos hablaremos sobre ella).
Veamos: “célebre”, según el Diccionario de la Lengua Española, es alguien “que tiene fama, que llama la atención por ser muy singular y extravagante”, y bien que son así ciertos célebres del patio, al punto que podrían pasar al nivel superior: celebérrimos. Ergo: no lo merecerán, pero lo son.
¿Quién cambia el vestido de las palabras? Yo no, aunque debo aceptar parte de la responsabilidad, como usuario de la lengua. Y basado en esa parte de mi culpa, me atrevo a seleccionar una sarta de frases lamentables que escucho a diario en materia de lenguaje, calificándolas como “célebres”, aunque no haya nada que celebrarles. ¡Rayos!, se me acabó el espacio.
Que la palabra te acompañe.