Mi menos que mediana jubilación me alcanza cómodamente (hasta que la gasolina supere los seis balboas el galón) para los menos que menores gastos que enfrento. Con hijos mayorcitos que hasta son abuelos (uno de ellos) y, tan independientes que no necesitan seguir mis consejos; pagada la vieja y querida casa; sin un céntimo de deudas por carro ni otras necedades, y con suficientes libros para leer aunque viviera cuatro vidas más, me siento libre. Y cuando voy a uno de esos espléndidos almacenes en los que encontramos desde una almohada hasta un memory stick, recuerdo a Aristóteles en un mercado persa, rodeado de elefantes rosados y alfombras voladoras, mirando extasiado a su alrededor y diciéndose: «¡Cuántas cosas hay que no necesito!»
Me fui por bulerías, vainas de la edad. En verdad quiero contarles que en mis años dorados, cuando tengo que negociar un poco de tiempo (me repugna decir "matar el tiempo"), entro en un cine. Tal hice hace un par de días y pagué dos tucos para ver El caballero de la noche (buen título para un héroe que se disfraza de murciélago). El film me pareció estruendoso, enredado en sus intentos de diálogos inteligentes y complicado en sus resultados: el villano gana todos los asaltos y sólo pierde por dudoso K.O. técnico en el último. Pero hay una escena que recordaré por mucho tiempo: dos grupos humanos, atrapados en diferentes naves, pueden hacerse volar mutuamente. Se salvaría el grupo que vuele primero al otro. Los policías dudan entre deber y vida. Un reo, con cara de malo de verdad, arrebata el control al detective y después de un segundo de genial suspenso cinematográfico, lo lanza por la borda. El otro grupo tampoco activó la bomba. Moraleja: hay esperanzas para la especie.
Soy tan peliculero como lector. Siempre encuentro algo. Fíjese usted. Cuando era un niño vi una película de Sabú: El ladrón de Bagdad (un título que evoca las tristes guerras de Oriente Medio). El muchacho destapa una botella y libera a un genio. El genio se pone bruto y el astuto muchacho logra encerrarlo nuevamente. El genio termina concediendo los tres clásicos deseos. Habiendo cumplido, corre por la playa y se eleva mientra exclama: «Free, free like the wind!». Y pensé: Tal vez yo, algún día?