Preocupación. Este es el sentimiento que debe rondar a los guerreros que salieron a la cancha y a todo un pueblo entero.
Cuando pasaba el medio día, hordas de camisetas rojas emigraban, cual peregrinos, a lo que se había convertido, durante algunas horas, en el santuario del fútbol panameño.
El sol todavía irradiaba y la alegría soplaba como viento de este a oeste en toda la zona del Cerro Patacón.
Una hora antes del pitazo inicial, todo cambió. La lluvia tomó por sorpresa a propios y extraños como presagio del difícil escollo que estaba por venir.
Luego, rodó el fútbol. La cancha estaba completamente inundaba en varios sectores y eso se notaba. Panamá quiso circular la pelota y el agua lo impidió, sino pregúntenle a Henríquez, parecía Bayano Kamani saltando vallas, cuando los charcos se le cruzaban. Y la bola, se paseaba como barco en el Canal.
Irónicamente, de una jugada con el esférico dominado y una excelente combinación entre los tres "ases": Blas Pérez, Tejada y Garcés, vino el único grito de la tarde. El "Matador" la terminó metiendo adentro y desató la euforia colectiva.
Sin embargo, como es usual nuestra aventura siempre termina en sufrimiento. Por eso, los cambios de Guimaraes (puso a Aguilar y a Román Torres, en lugar de Escobar y Henríquez) y la expulsión de Juan Pérez nos aguaron la fiesta.
El equipo quedó desorientado, sin timón. Ni el ingreso posterior de Juan Ramón Solís pudo sacar a flote el velero.
Terminamos intentando con lo que realmente vale, el orgullo y el coraje, porque el fútbol ya se había despedido del encuentro.
Quedaban las declaraciones y un Alexandre Borge Guimaraes expresaba la necesidad de traer una cuadrilla que tapara los agujeros en sector medio del conjunto tricolor.
Los nombres de Alberto Blanco y Julio Medina sonarán con fuerza para reforzar la zona de creación en El Salvador.
Para concluir, lo único seguro es que el vendaval de ayer terminó ahogando la esperada goleada.