La lluvia lo decía, la lluvia lo dijo pausadamente y de manera sostenida. La lluvia, como hija y madre de esta tierra a la que pertenecemos y, que de vez en cuando y siempre, y equivocadamente, asumimos que es nuestra, lo sabía. Tanta arrogancia publicitaria, por muy conmovedora que resulte no puede ocultar el verdadero apetito de quienes auspician el juego.
Celebro la dignidad de los Once, el ejercicio de humildad y sencillez al que han acostumbrado a la población, que les quiere bien y se le acerca para recibir el saludo como la gente sencilla que es. Celebro el colectivo. Un once que a base de esfuerzo, sudor y cansancio se han sabido ganar el respeto de esa afición que festeja las dianas a favor y sufre cuando cae el último hombre. Celebro la templanza y la inteligencia y el coraje del técnico, en su caso, lo mucho que diga serían pamplinas gratuitas, lo poco que exprese será insuficiente.
Los héroes son héroes, no porque hicieron algo extraordinario una vez. Lo es porque se ponen de pie vez tras vez, y vuelve a enfrentar la adversidad, con ese mismo cuerpo vapuleado en busca de su redención, y va porque va.
Ya sé que es un juego, ya sé que hay mucho interés plutócrata detrás de todo, pero son los 90 minutos de fervor, dignidad y patriotismo más intensos que vive el ciudadano. Nos identificamos, la bandera del país es la “enseña ideal” mientras dura la intento.
Nadie te quitará la fiesta de celebrar al país al que perteneces, aunque un empate o una derrota te amarguen las cervezas… Eres, como dice la publicidad: “la 12”, “la marea roja”. Por lo menos realizas un ejercicio de lealtad, que ronda lo sublime, en un tiempo en que los prevaricadores hacen su agosto.
La casaca roja se lleva en la piel. No en vano se golpea uno en el lugar del corazón con la palma de la mano cuando el grito multitudinario dibuja el éxtasis en las gradas, y saltan de los ojos limaduras de orgullo.
He escuchado a los apostatas de la selección: cuando se gana, la victoria es de todos, y cuando pierde la derrota es del equipo. Lo que ocurra a esa fracción de país, que defiende el tricolor nacional en las dimensiones de la cancha, nos ocurre a todos. Allá abajo corren hombres, cuyos nombres conocemos, acá arriba corren almas, corazones, vidas anónimas con una sola identidad: Panamá.