Esta será una semana distinta. Lo será porque en medio de los hechos que nos desconciertan, habrá una buena noticia: La apertura de la VII Feria Internacional del Libro (FIL) de Panamá.
La nueva versión de este evento, que ha calado positivamente en la comunidad, además de servir como plataforma para la exposición de libros y escritores, es el escenario y la oportunidad para que los diferentes sectores vinculados a la promoción de la lectura y al desarrollo de la industria editorial discutan la realidad del medio y sus necesidades más apremiantes.
Este año, además de la inmensa delegación de República Dominicana como país invitado, está confirmada la presencia de al menos otras siete naciones.
En el plano local, se espera, entre otras novedades, la presentación de unos 130 círculos de lectura que funcionan en todo el país.
La presidenta de la Cámara Panameña del Libro, Briseida Bloise, y todo el grupo que la acompaña en esta aventura que comenzó desde la primera feria, de la mano de Priscilla Delgado, ha sido consistente en señalar la necesidad de que nuestro país se ajuste a la realidad universal y legisle sobre el libro y su entorno.
Las obras bibliográficas no gozan de la popularidad y no encienden los debates como otros asuntos que ocupan la atención de quienes hacen las leyes en Panamá, pero estamos seguros de que los resultados son más permanentes y, eventualmente, nos cobijan a todos.
Leer y gozar de las condiciones para acceder a los libros, con el tiempo, nos hará ricos a todos. Ricos en conocimientos, ricos en valores, ricos en ideas para discernir y, por ende, menos susceptibles ante las manipulaciones.
Si queremos hombres y mujeres coherentes, tanto en lo que dicen como en lo que hacen, y que sean capaces de sostener un punto de vista original, pero lógico, debemos apostar para que inviertan en la lectura como un mecanismo de crecimiento y riqueza personal. No hay otro camino.