“Dios dijo: ‘Hágase la luz’. Y la luz se hizo. Y Dios vio que la luz era buena.” Para nosotros eso no es más que una frase sin mucho significado real. Pero luego pasa algo y todos descubrimos lo buena que es. Algo como lo que pasó el lunes y el mundo a nuestro alrededor se colapsa. No podemos llegar a los sitios, no podemos comunicarnos. No podemos trabajar. No podemos vivir por el calor. No podemos beber porque el agua no llega a nuestras casas. No podemos cocinar. Ni siquiera somos más el puente del mundo porque los barquitos no pueden cruzar la estrecha cintura del istmo. Qué cosa más tonta, ¿no? Un simple ¡puf!, y nuestra vida colapsa. Tres millones de personas (miles más, miles menos) preguntándose a la vez ¿Cómo? ¿Qué? ¿Por qué? Y luego están las respuestas. Respuestas absurdas que llegan tarde, comunicados que cuando llegan son refutados por el boca a boca callejero. No hay nadie que explique con autoridad. Pelotas de información que van y vienen. Lo de siempre: ‘no fui yo, fue aquel’, o el otro, o las circunstancias. Y no pasa nada. Tres horas por lo bajo un país entero sin energía eléctrica y no pasa nada. Al día siguiente hay algún comunicado, un par de reacciones airadas de los mismos de siempre exigiendo mano dura y castigos ejemplares, y luego fuesen y no hubo nada. Pero lo que me preocupa no es tanto el después sino el durante, no hay capacidad de reacción en éste país. No había policía en cada cruce quince minutos después del apagón. No había forma de saber si seguíamos en el trabajo o nos íbamos para casa. No fue hasta una hora después que se avisó que el corredor sur era gratis, y hasta entonces se pagaba en efectivo y yo que tengo muy mala idea me pregunto: ¿dónde fueron a parar los miles de dolitas que no se pudieron registrar? La ciudad fue un caos. No había instrucciones institucionales hasta más de una hora después. No se sabía si aquello iba para largo. ¿Dos horas a partir de las tres? ¿Cinco horas a partir de las cinco? No había más que el instinto de supervivencia del panameño y su buen humor. El ver cómo podemos sortear el tranque.
Hágase la luz
Ni siquiera somos más el puente del mundo porque los barquitos no pueden cruzar la estrecha cintura del istmo. Qué cosa más tonta, ¿no? Un simple ¡puf!, y nuestra vida colapsa. Tres millones de personas (miles más, miles menos) preguntándose a la vez ¿Cómo? ¿Qué? ¿Por qué?
Mónica Miguel Franco / Antropóloga y escritora
“Dios dijo: ‘Hágase la luz’. Y la luz se hizo. Y Dios vio que la luz era buena.” Para nosotros eso no es más que una frase sin mucho significado real. Pero luego pasa algo y todos descubrimos lo buena que es. Algo como lo que pasó el lunes y el mundo a nuestro alrededor se colapsa. No podemos llegar a los sitios, no podemos comunicarnos. No podemos trabajar. No podemos vivir por el calor. No podemos beber porque el agua no llega a nuestras casas. No podemos cocinar. Ni siquiera somos más el puente del mundo porque los barquitos no pueden cruzar la estrecha cintura del istmo. Qué cosa más tonta, ¿no? Un simple ¡puf!, y nuestra vida colapsa. Tres millones de personas (miles más, miles menos) preguntándose a la vez ¿Cómo? ¿Qué? ¿Por qué? Y luego están las respuestas. Respuestas absurdas que llegan tarde, comunicados que cuando llegan son refutados por el boca a boca callejero. No hay nadie que explique con autoridad. Pelotas de información que van y vienen. Lo de siempre: ‘no fui yo, fue aquel’, o el otro, o las circunstancias. Y no pasa nada. Tres horas por lo bajo un país entero sin energía eléctrica y no pasa nada. Al día siguiente hay algún comunicado, un par de reacciones airadas de los mismos de siempre exigiendo mano dura y castigos ejemplares, y luego fuesen y no hubo nada. Pero lo que me preocupa no es tanto el después sino el durante, no hay capacidad de reacción en éste país. No había policía en cada cruce quince minutos después del apagón. No había forma de saber si seguíamos en el trabajo o nos íbamos para casa. No fue hasta una hora después que se avisó que el corredor sur era gratis, y hasta entonces se pagaba en efectivo y yo que tengo muy mala idea me pregunto: ¿dónde fueron a parar los miles de dolitas que no se pudieron registrar? La ciudad fue un caos. No había instrucciones institucionales hasta más de una hora después. No se sabía si aquello iba para largo. ¿Dos horas a partir de las tres? ¿Cinco horas a partir de las cinco? No había más que el instinto de supervivencia del panameño y su buen humor. El ver cómo podemos sortear el tranque.
Sobrevivimos. Como siempre, los dioses miran de frente a los panameños, por ahora. Lo que yo me pregunto es, ¿qué pasará el día que no sean sólo tres horas? ¿Qué pasará con los que viven en un piso sesenta y seis y la planta eléctrica explote, como efectivamente explotaron muchas de ellas ayer? ¿Miles de personas durmiendo en la calle? ¿Habrá hoteles suficientes para los que no puedan subir hasta su casa? ¿Quién quiere vivir más allá de un tercer piso con ésta perspectiva? ¿Y los que se quedaron atrapados en los ascensores? ¿Quién se hace cargo de sus daños y perjuicios? ¿Y quién va a compensar los daños en aparatos eléctricos dañados por la brusca subida y bajada de luz que hubo? ¿Para qué sigo preguntando si nadie va a contestar a estas preguntas? ¿Será que aún tengo esperanza de que se aprenda de los errores y se implemente un plan de emergencia nacional? ¿O será que al final la culpa la va a tener la última tormenta solar porque fue la causante de la chispa que prendió el fuego en los cañaverales? A ver quién se acerca a Helios a pedirle responsabilidades, te arriesgas a que te tire encima a Flegonte, a Aetón, a Pirois, y a Éoo Mejor lo dejamos así. ¿No?
“Dios dijo: ‘Hágase la luz’. Y la luz se hizo. Y Dios vio que la luz era buena.” Para nosotros eso no es más que una frase sin mucho significado real. Pero luego pasa algo y todos descubrimos lo buena que es. Algo como lo que pasó el lunes y el mundo a nuestro alrededor se colapsa. No podemos llegar a los sitios, no podemos comunicarnos. No podemos trabajar. No podemos vivir por el calor. No podemos beber porque el agua no llega a nuestras casas. No podemos cocinar. Ni siquiera somos más el puente del mundo porque los barquitos no pueden cruzar la estrecha cintura del istmo. Qué cosa más tonta, ¿no? Un simple ¡puf!, y nuestra vida colapsa. Tres millones de personas (miles más, miles menos) preguntándose a la vez ¿Cómo? ¿Qué? ¿Por qué? Y luego están las respuestas. Respuestas absurdas que llegan tarde, comunicados que cuando llegan son refutados por el boca a boca callejero. No hay nadie que explique con autoridad. Pelotas de información que van y vienen. Lo de siempre: ‘no fui yo, fue aquel’, o el otro, o las circunstancias. Y no pasa nada. Tres horas por lo bajo un país entero sin energía eléctrica y no pasa nada. Al día siguiente hay algún comunicado, un par de reacciones airadas de los mismos de siempre exigiendo mano dura y castigos ejemplares, y luego fuesen y no hubo nada. Pero lo que me preocupa no es tanto el después sino el durante, no hay capacidad de reacción en éste país. No había policía en cada cruce quince minutos después del apagón. No había forma de saber si seguíamos en el trabajo o nos íbamos para casa. No fue hasta una hora después que se avisó que el corredor sur era gratis, y hasta entonces se pagaba en efectivo y yo que tengo muy mala idea me pregunto: ¿dónde fueron a parar los miles de dolitas que no se pudieron registrar? La ciudad fue un caos. No había instrucciones institucionales hasta más de una hora después. No se sabía si aquello iba para largo. ¿Dos horas a partir de las tres? ¿Cinco horas a partir de las cinco? No había más que el instinto de supervivencia del panameño y su buen humor. El ver cómo podemos sortear el tranque.