Hastiada del calor y de la humedad que caldea a Haití en gran parte del año, y ansiosa por lucir sus lujosos abrigos de pieles de visón, armiño y otras especies valiosas, adquiridos en capitales de la moda de Europa y Estados Unidos, Michèle Bennett tampoco podía soportar que, desde sus aposentos en el reluciente Palacio Nacional de Puerto Príncipe, el escenario externo estuviera dibujado con una detestable mancha de miseria y desolación.
Para evitar todo tipo de contacto—ni siquiera visual—con sus harapientos y mugrosos compatriotas, la mujer optó por confinarse en las cómodas recámaras del enorme palacete en blanco colonial y creó un “salón del frío” en la imponente mansión para refrigerar, proteger y ostentar, ante el más estrecho círculo de poder político, económico y militar haitiano, sus fastuosas compras de vestuario, joyas o flores en Nueva York, París o Londres.
“Agresser à la misère”, o agredir a la miseria, decían los haitianos, hundidos en la más absoluta pobreza, cuando se enteraban de los excesos de la mulata que, en 1980 y con 30 años, se casó con Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, presidente vitalicio de Haití, en una opulenta boda que costó más de 1,7 millones de dólares.
Subida al influyente pedestal de Primera Dama, la joven educada en Nueva York e hija de un acaudalado empresario automotriz, aeronáutico y cafetalero haitiano, sacudió los cimientos del régimen de terror instalado en 1957, con apoyo de Estados Unidos, por Francois “Papa Doc” Duvalier con un concepto racial y, al morir en 1971, heredado a su hijo: desprecio a la clase “elitista de piel clara”, como los mulatos, que había gobernado al país bajo la consigna de ultrajar a los negros.
Los haitianos también soltaban un “agresser à la misère” cada vez que “Baby Doc” mandaba a retirar todos los vehículos de las calles capitalinas para salir a correr en alguno de sus automóviles, a toda velocidad y sin obstáculos, y con la alerta de que no frenaría si alguien se le atravesaba. En un extraño rito de supuesta bondad, aminoraba la velocidad, abría la ventana unos centímetros y lanzaba un puñado de billetes casi sin valor que el viento se llevaba, mientras cientos de haitianos se peleaban por atraparlos.
La costumbre acabó en 1986, cuando los Duvalier fueron derrocados al agravarse la contradicción de “negritud” atizada por Bennett. Al huir a Francia, Duvalier y su grupo saquearon millones de dólares de las arcas estatales, mientras militares de tercera y cuarta generación duvalierista—Namphy, Paul, Avril, Cedrás, Biamby, Francois—regían el país vía golpes de Estado (a Jean Bertrand Aristide en 1991 y 2004) y nunca dejaron de humillar a la miseria desde su podio dictatorial.
La miseria siempre ha sido agredida en Haití. De casi 10 millones de haitianos, el 70% apenas subsiste en la pobreza extrema con menos de un dólar al día, y cuando el país es atacado por desastres naturales (megahuracanes) y violencia política, las aplastadas mayorías pagan la factura. Duvalier, hijo, volvió a agredir a la miseria al ampliar la pista del aeropuerto de Puerto Príncipe para que una nave Concorde aterrizara en una única y exclusiva escala del vuelo París-Nueva York, y transportara a su esposa, en un hecho que ordenó transmitir en vivo por televisión y por el que pagó miles de dólares a la aerolínea.
Otra agresión ocurre hoy con el terremoto que hincó al primer país del planeta que abolió la esclavitud (1794), a la segunda nación americana (después de Estados Unidos) que obtuvo la independencia (1804) y a la primera de lo que es hoy el Tercer Mundo en ser independiente, pero que está postrada en el analfabetismo y en un círculo demoledor: la madera de los bosques es la principal fuente de energía, por lo que la deforestación expuso al país a sufrir un ataque devastador de lluvias, tornados y ciclones.
En el prólogo del libro “Haití Revolución y Emancipación” (Editorial Universidad de Costa Rica, 2004), Arvelio García, director para Centroamérica de la Organización de Naciones Unidas para la Educación y la Cultura, escribió que el mensaje de libertad al mundo de las generaciones de afroamericanos haitianos “fue vanguardia de la liberación de América, virtud que se esconde en la pobreza y la miseria en la cual vive hoy”.
Haití es una invocación mágica, exorcizada e impregnada de espíritus malignos, de “imágenes y connotaciones conflictivas”, escribió David S. Trotman, de la Universidad de York, de Toronto, Canadá, en un capítulo del libro.
Las imágenes haitianas, subrayó Trotman, transportan a “la más rica y más exitosa de las colonias de plantaciones del siglo XVIII, el escenario de la más espectacular y más heroica de las rebeliones de esclavos de la historia moderna, la primera república creada por una revolución en las Américas, si prescindimos de la rebelión de las colonias británicas que dio lugar a los Estados Unidos”.
Pero las escenas contemporáneas, lamentó, también conducen a “dictadura, inestabilidad política y pobreza abyecta que hacen destellar en las pantallas de la televisión CNN”.
Desde su guarida de suntuosidad en Francia, ya divorciada de Duvalier, las secuencias que podría estar sintonizando la sesentera Bennet en CNN siguen mostrando la detestable mancha de miseria y desolación que escondía desde su fría morada en Palacio.