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Hasta el gorro me tenéis

Una semana después la ciudad sigue repleta de propagandas fútiles, y contaminada por propaganda que no fue más que plástico mojado. Si los que ganaron tuvieran decencia, ya hubieran recogido sus muleles y los que perdieron hubieran retirado los suyos, para no ser el hazmerreír.


Aburrida de verdad estoy de veros las caras una y otra vez. Porque vaya a donde vaya me topo con vuestros rostros. Muecas sardónicas repetidas hasta el infinito. Gestos que tratan de congraciarse con el prójimo. Apodos ridículos que parecen haber salido de una película 'serie B'. Colorines chillones y de mal gusto. Y todo eso plasmado en miles y miles de lienzos plásticos que se reproducen como hongos e inundan la ciudad en una marea de ordinariez.

Banderines que redundan en la telaraña de cables que ya existen, añadiendo un contrapunto adicional al atasco visual a nuestras vidas. Carteles repitiendo consignas que nadie se cree, clavados en los escasos espacios verdes que existen, (algunos de ellos clavados al revés, pero qué importa, de cualquier manera nadie los leyó). Banderas inmensas ondeando ante los vientos de cambio, que amenazan con volar y provocar accidentes de tránsito.

Ya ha pasado una semana de las elecciones, y la ciudad sigue repleta de propagandas fútiles, y contaminada por propaganda que en su mayor parte no fue más que plástico mojado.

Porque a ver si se dan cuenta de una vez por todas, señores políticos, con ésta última experiencia, que no el que más gente arrea es el que gana en las urnas. Y no el que más llena la ciudad de propaganda electoral estúpida es el que termina siendo elegido. A ver si entendemos de una vez por todas que la gente simpatiza con el perro pero no te vota a ti, y que no por apodarte como el presidente de Estados Unidos vas a llegar tan alto como él. La democracia en Panamá es joven, es cierto, pero los panameños no son estúpidos, ya no se les convence con cartelitos. El político que crea eso está abocado al fracaso estrepitoso. Nos han inundado la ciudad de porquería una vez más para nada.

Nadie los veía, nadie los determinaba. Había tantos reclamos visuales que los cerebros, abrumados, optaban por no registrar ningún rostro.

Pero ahora que todo pasó, si los que ganaron tuvieran decencia, ya hubieran recogido sus muleles, por respeto a la ciudadanía que los eligió. Y si los que perdieron tuviera dignidad, ya hubieran retirado los suyos por no seguir siendo el hazmerreír de los que pasan por delante de su foto sonriente y le dicen: 'Perdiste, papito, asúmelo'.

Señores, seamos consecuentes, la sociedad ha cambiado. Las campañas han cambiado y lo que funcionaba en el siglo XX no tiene por qué hacerlo en el siglo XXI. ¿Ustedes realmente se creen que alguien reconoce rostros en el maremágnum de carteles, cartelitos, cartelones, afiches, banderas y banners?

Y ¿qué hacen los señores del Tribunal Electoral? ¿No creen que deberían empezar a hacer uso de sus poderes y obligar a que todos limpiasen la ciudad? Todos. Sin excepciones.

Porque no sé si se han dado cuenta, pero es que en los barrios aún quedan algunos carteles de las primarias de los respectivos partidos. Y eso es una vergüenza. Es una vergüenza que tengamos que ver cómo esa capa horrible de chocarrería que recubre el rostro del país, se va degradando con el sol y la lluvia y se va desgarrando como la piel podrida en las pústulas de un leproso, para terminar taponando alcantarillas y provocando inundaciones con las primeras lluvias serias. Que aquellos que proclaman ser los defensores de nuestros derechos pisoteen nuestro derecho a la paz mental y a una ciudad limpia es una vergüenza.

Y es una pena que los que vivimos en medio de éste marasmo terminemos por acostumbrarnos y no nos sintamos atacados.


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926941
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América