Una mirada a vuelo de pájaro del panorama que se da detrás del partidor, dentro del mismo y durante el desarrollo de las carreras en el hipódromo, se asemeja mucho al sistema de tránsito y transporte del país: es un caos.
Y volvemos al tema del Reglamento de Carreras. El mismo requiere un cambio, ya sea para mejorarlo - que sería lo adecuado-, o bien para acoplarlo a las malas prácticas que han sido propiciadas por el Cuerpo de Comisarios, tanto los de antes como los de ahora.
Algo tan básico como el desfile protocolar resulta una especie extinta en nuestro país. No hay una carrera en la que todos los ejemplares, de manera ordenada, realicen dicho paseo frente al público y cumplan el recorrido completo establecido para ello. Pero eso es un detalle.
El trauma de verdad se vive cuando los caballos llegan al punto de partidas. Obviamente, todos no llegan a la vez debido, justamente, al desorden protocolar y, en otros casos, porque los equinos necesitan asistencia especial y no hay la cantidad de ponis-guía para ello, cuando se trata de carreras con un número elevado de participantes.
Cumplido este proceso, que debiera ser rutinario como lo vemos todos los días en los hipódromos de Estados Unidos, es que comienza el verdadero suplicio. Aquí no ha sido posible que los ejemplares lleguen a la gatera e ingresen de una vez al partidor. Primero, porque en la mayoría de las carreras hay caballos problemáticos, otra porque los jinetes tienen la rara costumbre de apearse para que los caballos sean colocados sin ellos sobre el sillín (lo cual constituye una práctica desleal); así como también la espera de que entren más apuestas. Estos son los factores principales que explican tanto tortuguismo.
El resultado al final no puede ser otro que partidas disparejas, caballos estresados, jinetes desesperados y carrera complicadas, lo que da al traste con los intereses de los dos principales ejes de este negocio: Los dueños de caballos y los apostadores.
Volvamos al reglamento. No olvidemos que, en teoría, los responsables de indicarle al juez de partida que comience el ingreso de los ejemplares es el Cuerpo de Comisarios, por lo que cualquier demora en ese sentido es atribuible a estos.
El artículo 268 es claro en dar un plazo de cinco minutos a aquellos ejemplares que no puedan ser "dominados". De no ser posible, deben ser retirados, pero aquí parece que en vez de cinco lo que entendieron es 5 x 3.
La regla también es tajante en cuanto a que "ningún jinete podrá desmontarse de su caballo sin permiso del juez de partida..." y también regula que "los jinetes no podrán retirar los pies de los estribos durante el paseo protocolar...". En ambos casos se dejan abiertas un par de ventanas, cada una con un gran letrero. Uno dice "excepto por razones justificadas" y el otro, "salvo casos que sean justificados". Y por ahí es donde se filtran todos los vicios.
Así, entre carrera y carrera, acudimos a la escena de ver caballos dando vueltas como carrusel detrás del partidor y a jinetes sentados y/o parados sobre la gatera, un comportamiento que no tiene parangón en hípicas medianamente civilizadas.
No es la primera vez que abordamos este asunto y seguramente no será la última, porque si fuera ese el único problema ya la hubiéramos asumido como parte del folclor hípico, pero lo realmente dramático viene después, porque cuando usted cree que ganó, un jinete se quita el casco, se enciende la alarma de reclamo y, cuando todo pareció haber terminado, entonces, se da cuenta de que comienza la misma carrera otra vez.
Toca entonces correr contra las malas prácticas de los jinetes y el juicio blandengue de los comisarios. Y, en ese punto, es donde todos nos estrellamos.