Dos policías llegan al parque a cumplir su última misión de la jornada. Con la misma solemnidad del día anterior, flanquean el asta donde ondea el emblema patrio. Uno de ellos pita fuerte. El silencio se apropia del sector y la gente queda inmóvil; parecen estatuas. Se trata de un ritual patriótico.
Cuando todo está dispuesto, los uniformados proceden a arrear la bandera. Son las 6:00 p.m y el manto oscuro de la noche y la humedad que trae con ella no deben opacar el destello de nuestro principal símbolo patrio.
Cumplida la misión, suena otra vez el silbido y el parque y sus alrededores resucitan. La gente camina, los niños juegan, uno que otro menesteroso regresa al plácido descanso en la plaza pública, mientras los vehículos siguen su andar a lo largo y ancho de la Avenida Central. Doce horas después -a las 6:00 a.m- se repite el mismo acto solemne, pero en sentido contrario.
Del episodio anterior, como diría Rubén Blades, hace rato..., porque el emblemático parquecito de La Cuchilla de Calidonia perdió su candidez. La inmundicia le ha ganado terreno.
Hace una semana, en el corazón de la plaza donde antes era imposible imaginarse un puesto de comida, la muerte vino por un ciudadano y se lo llevó de tres tiros en la cara, justo cuando tomaba una sopa en compañía de su mujer.
Esta vez no hubo silencio y nadie se quedó quieto. El silbido de los proyectiles que impactaron la humanidad de ese panameño hizo que todos corrieran. Momentos después, la gente volvió y se amontonó para observar entre murmullos el cuerpo inerte del malogrado individuo, cuya mujer lo lloraba con el corazón desgarrado, mientras un perro lamía su sangre, casi al frente de un legendario almacén con el sugestivo nombre de “El Victorioso”.
Después de la tragedia se dijo que al sicario no le importó que en los predios hubiera cerca de media docena de policías vigilando los comercios del área. Él tenía una misión y la cumplió. Su arma puso la sangre en La Cuchilla.
A estas alturas, ya el parque recobró su vida. Al recuerdo de los honores que se le hacían a la bandera se le suma el del episodio del hombre asesinado a sangre a fría y la esperanza de que algún día en ese lugar y, en cualquier parte donde campee la violencia, se pueda izar una bandera blanca.