“Lo que realmente me molesta de la muerte es que desaparece a gente con la que podía contar” Viviendo de mis mentiras.
La novela es un examen de conciencia.
2004
Abro y reviso cajones sin desacomodar ni acomodar nada, y sin tener la más mínima idea de lo que busco; voy al baño y me afeito, me corto la mejilla, lavo la pequeña herida y la cubro con un pedacito de papel de excusado; regreso al estudio, paso la escoba debajo del escritorio; me siento, reviso las cuentas viejas sin botar nada; me levanto, guardo algunos libros que estaba leyendo (En la carretera, de Jack Kerouc, cuyo estilo es el de un coyote enmarihuanado huyendo por las praderas, y Afrodita, de Isabel Allende, un tortugón de recetas pasmadas que no encuentra su horizonte. Acabo de decidir que nunca voy a terminar de leerlos. Ya veré a quién se los regalo). Dejo encima Pregúntale al polvo, de John Fante y los Cuentos de Alfonso Reyes (libros que probé y sí voy a terminar de leer). Relleno el plato de la gata con Gatí (sabor de pescado). Ella me mira hacer, indiferente, claro, está llena.
Procrastinar. Ese es un verbo que conjugo de vicio. Ya sabe, es la excusa para no hacer lo que se debe hacer ahora sino dejarlo para después. Me repito la oración de la gente libre: “Para qué hacer hoy lo que puedo hacer mañana... si tengo ganas”. En estos momentos, busco cualquier actividad para evitar sentarme frente a la computadora y seguir escribiendo lo que hace tanto tiempo tengo planeado: una novela de olas y burdeles. Lo mejor que se me ocurre ahora mismo para no ponerme a escribir es aceptar con entusiasmo la regla que imperaba en la abadía Thélème, que, según Rabelais –al que le tengo fe ciega y sorda–, era la única regla: “Haz lo que te plazca”. Lo que me place ahora es dejarlo todo para mañana. Ya que estoy ante la computadora, le doy un click al punto rojo con centro negro. La bonachona Mac pregunta si quiero salvar El hombre de papel. «¡Sálvalo y líbérame!», le digo al tiempo que doy otro click en la pista azul.
Respiro tranquilo. Mañana escribiré. Mañana es otro día.
2005
Ese “mañana” duró casi un año. ¡Un año! ¡Demonios cómo vuela el tiempo. Un año sin escribir otra cosa que no fuesen chismes y chistes intercambiados por Internet. Permanecí entregado a la pereza, derrengado por el desaliento, vencido por la hartura de sentimientos.
(Así comienza ‘Viviendo de mis mentiras’)