Una de las lecciones que aprendí de mi familia fue a mantenerme enfocada en mis metas, no perder el horizonte y tener siempre los pies en la tierra.
Con cada triunfo, la sociedad y quienes te rodean pueden hacerte olvidar tus valores, dejándote confundido hasta el punto en que empiezas a perder el enfoque y truncas oportunidades en la vida.
El primer día que pisé la piscina de la Universidad de Auburn, 13 veces campeón nacional de natación universitaria División I, me sentí sobrecogida porque sabía que allí la competencia sería feroz y tenía que ganarme mi puesto. Estaría en la misma piscina y en el mismo carril, con varios de los mejores del mundo y del equipo americano. Fui la primera mujer hispana en ser aceptada en este equipo de los mejores velocistas, en el que había australianos, franceses, sudafricanos, rusos, israelíes, norteamericanos, caribeños y esta istmeña canelita.
Primera regla del “coach”, aprender a seguir instrucciones, una por una, reglas de convivencia del equipo, entrenamientos, asistencia, puntualidad, disciplina, responsabilidades académicas y firmar todos los documentos de compromiso. Tal cual hacemos cuando iniciamos un trabajo.
"Te deseamos mucha suerte y éxito", dijo el “coach”. "A partir de hoy solo dependes de ti". En otras palabras, aquí no está papá ni mamá, soy yo y a defenderme.
Hasta ese momento, no tenía idea de quiénes serían mis compañeros de equipo ni de dónde venían. De alguna manera, me sorprendió la cantidad de “banners” colgados del techo, con los títulos de campeones nacionales y de conferencia, mayormente de hombres. Fotos en los pasillos de campeones mundiales y campeones olímpicos, y una gran pared con los nombres de los atletas olímpicos del equipo y para mi sorpresa, en la última línea, aparecía la bandera de Panamá, mi nombre y Sídney 2000; ¡qué orgullosa me sentí!
Desde ese primer día se inició la competencia por un puesto en el equipo, recordando que era mi primer año y que la razón por la cual Auburn era y es un equipo tan poderoso, es por la calidad humana de la gente que pasa por el programa; tuve inmediatamente que demostrar agradecimiento y humildad con aquellos que fueron y son mejor que yo. Llegué a una piscina llena de tiburones y como una sardina tuve que afilar mis dientes y defenderme. Siempre pensaba en no dejarme ganar y aprender de las fortalezas de mis compañeros para reforzar mis debilidades hasta ponerme al mismo nivel y superarlos, pero siempre con humildad y respeto. El trabajo en equipo, disciplina, respeto y liderazgo; las más grandes lecciones que me enseñó mi equipo y aun cuando existía una sana rivalidad, competíamos por el honor y el campeonato para la universidad, mi triunfo era el del equipo y el suyo, mi triunfo.
La fortaleza de un gran equipo, además de su liderazgo, radica en la formación del carácter personal, basado en la humildad y el respeto; reconocer nuestros errores, aceptar quién eres, no menospreciar a nadie, aceptar a cada quien como es, no juzgar y tenderle la mano a quien necesita ayuda sin esperar nada a cambio, porque todos tenemos algo que dar y aprender. Ese era el momento de estar agradecida y demostrar mi humildad con esta nueva oportunidad para poder sentirme feliz con esta nueva familia, con quien compartiría gran parte del tiempo.
Cuando convives con los mejores del mundo y entrenas con ellos, pensarías que es un mundo de arrogantes, de prepotentes y de gente insoportable mareados por sus triunfos al más alto nivel. En mi experiencia, mis compañeros de equipo eran una casta de gente sencilla, divertida, respetuosa, extravertidos, líderes naturales e increíblemente humildes.
Al final, puedo decir orgullosamente que fui parte de 3 campeonatos nacionales universitarios, 24 veces All-American y parte del equipo que ganó el primer campeonato nacional universitario femenino en la historia de Auburn.
Humildad y respeto son algunos de los valores que solo se cultivan en familia y son la base para ser lo que quieras ser y llegar adonde quieras llegar, sin olvidar tus raíces y con los pies en la tierra.