Hay cosas que el tiempo me ha enseñado que no debo hacer de noche. Ya no consumo nada pesado después de las 20 horas, cuando me aproximo a mi residencia procuro no detenerme si observo estacionado en los predios un vehículo desconocido y mientras transito, a pesar de que el costo de la gasolina me está ahogando, mantengo los vidrios arriba y las cuatro puertas con seguro. Y no es que sea un tipo blandengue ni que me asusten los fantasmas, pero me he convencido de que, definitivamente, soy mi primer anillo de seguridad.
Pero, a pesar de las medidas de control y prevención que uno pueda poner en práctica, siempre surgen los imprevistos y los inadaptados que pueden romper ese anillo y ponerte el corazón al filo de la garganta.
Recientemente, me detuve para dejar a una persona en una parada ubicada en plena Tumba Muerto, próximo a un sector que me habían comentado que está “caliente”. Eran poco más de las 7:00 p.m.
Extrañamente, observé que las personas en vez de estar dentro de la parada, se mantenían casi en media calle y varios pasaron por el lado izquierdo de mi vehículo, y arriesgaban la vida ante el paso de autos a una velocidad considerable. Todo esto pasó en menos de dos minutos.
Mientras esperaba la oportunidad para salir de la parada -como ya dije pasaban muchos vehículos e iban a millón- alguien comenzó a golpear el vidrio de mi carro, en el lado donde estaba yo, y a la vez gritaba: “baja la ventana, baja la ventana”.
Era un tipo que no pasaba de 22 años. De sus ojos brotaba fuego y en su mano derecha blandía un arma de fuego.
Obviamente, no bajé el vidrio y mi reacción fue mover el carro hacia mi izquierda –casi atropellarlo- para poder salir vivo de la escena.
Después, la persona que dejé me comentó que el sujeto estaba en la parada, junto a otro compinche haciendo alarde de su arma ante la mirada de todos. Llegamos a la conclusión de que seguramente no tenía proyectiles en la misma y de que estaba bajo los efectos de alguna sustancia alucinante.
Esto pasó en el área de Santa María, en plena vía principal. No sé si mi presunción de que el arma estaba vacía sea cierta y que eso evitó un incidente de consecuencias mayores, pero lo que sí me queda claro es que tengo que seguir reforzando mi cordón de seguridad, y más por las noches, porque en penumbra parece que la ciudad se convierte en tierra de nadie.