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Interiores olvidados

Nadie se ha dado cuenta del contrasentido que es que promover el turismo con unas infraestructuras turísticas deleznables o inexistentes. Deberíamos de obligar al Ministro de turno y a sus antecesores a un recorrido, pero no en una nave espacial, con chófer y aire acondicionado.


A muchos no les vendría mal darse un paseo por el interior del país. No, no me refiero a los hoteles playeros que han aparecido últimamente como hongos monstruosos ¡plop¡ ¡plop¡ !plop¡. Y donde antes veías arena, espuma y silencio, ahora encuentras cemento, agua de piscina aderezada con meados de innumerables infantes, música estridente y los gritos de los ‘animadores’ que te incitan a unirte al jolgorio aunque lo que quieras en esos momentos es que un tifón se lo lleve todo ya todos.

Pues eso, que lo que tienen que hacer muchos es venir al interior. Empezando por el flamante Señor Presidente, acompañado de varios de sus ministros. Recuerdo que hace cinco años, más o menos, escribí una columna en un tono parecido a éste. Cinco años más tarde, se ha hecho más bien poco y los problemas siguen estando exactamente en el mismo sitio. Pero eso sí, la capital es una mezcla de Chicago y Miami. Orgullosos deberíamos estar.

Estuve unos días en Bocas del Toro. No vine en avión, ni en helicóptero privado, vine por la carretera, manejando mi carro. Muriéndome de la rabia cada vez que llegaba a un cruce y no existía ni un pinche letrero que indicara el camino. Cuando entraba en un pueblo y no veía el nombre del mismo ni a la entrada ni a la salida. ¿Pero nadie se ha dado cuenta del contrasentido que es que trates de promover el turismo con unas infraestructuras turísticas deleznables o simplemente inexistentes? Están ampliando la carretera hasta un punto. Pero el cruce de la cordillera, desde Chiriquí a Bocas no merece ni siquiera el nombre de carretera, deberíamos de obligar al Ministro de turno y a sus antecesores a recorrerla. Pero no en una enorme nave espacial, con chófer, el aire acondicionado a tope y asientos de cuero, sino conduciendo ellos, en un coche de los que usan las personas normales y corrientes. Y que luego nos lo cuenten. Sobre todo en esos tramos en los que ni siquiera están pintadas las líneas que separan los carriles.

Luego llegas al paraíso. Y te encuentras con basura cubriendo cada uno de los rincones de las islas. En las playas paradisíacas compartes arena con latas de cerveza, botes de bloqueador solar y con todos los puñeteros cartuchos plásticos que los empacadores de los supermercados se empecinan en poner de más cuando guardan tu compra.

No sé el nombre del responsable de éste desaguisado, pero se merece que los turistas que caminan por sus calles esquivando los pataconcitos le escupieran en el cielo de la boca cuando lo vieran.

Una serie televisiva se rodó aquí hace unos meses. Supongo que han tenido que limpiar antes de grabar. O editar posteriormente los montones de desechos flotantes que rodean las islas.

A pesar de todo, Panamá es tan hermoso que deja sin aliento. Todavía. Veremos cuantos años más nos dura la capacidad de la naturaleza para asumir y destruir todo lo que nos empeñamos en botar.

Los seres humanos somos una lacra. De eso no hay duda. Pero los políticos, que en principio deberían estar ahí para paliar los desastres que los demás hacemos, están demasiado entretenidos en averiguar cómo proteger sus fueros y privilegios, mientras se pelean de cara a la galería y se dan palmaditas en la espalda a puerta cerrada felicitándose por lo listos que son.

A todos ellos los obligaba yo a viajar. Pero de verdad. A ver si aprenden que un país no es solo la capital. Y si la capital es una cochinada… ¿Qué podemos esperar a varios cientos de kilómetros de ella?


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942719
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América