Yule. Solsticio de invierno. El día más corto del año. San Juan de invierno. Saturnalias. Llámenlo como deseen. Los cristianos celebrarán en unos días el nacimiento de Mitra, ¡Ups! Perdón, el Nacimiento de Jesús, en un pesebre, del vientre de una virgen, custodiado por pastores y animales salvajes (¿pero ese no fue Mitra?) En fin, que los mitos y los ritos se repiten con distintos nombres desde que el hombre es hombre y descubrió la Luna siguiendo la dirección que le marcaba la mano de una mujer.
Misterios cíclicos. Ritos repetidos una y otra vez, generación tras generación. Creemos que somos originales, creemos que nuestro dios es el único dios. Y no entendemos que Él mismo nos dijo que había más aunque exigiera que solo lo adorasen a Él.
Dioses estacionales que nacían en invierno como una promesa de renovación de la Luz para morir en primavera como una promesa de victoria sobre la Muerte. El eterno círculo de la vida. (Ahora es cuando sonó en las cabezas de todos la musiquilla del Rey León, ¿ah? ¡A que sí!).
Los dioses, los mitos, los ritos, son la expresión del conocimiento innato del ser humano de que todo está entrelazado de una u otra forma. La forma de religarse con la sabiduría atávica que recorre los genes.
Podemos seguir alejándonos de la naturaleza, y creernos nuestra propia estupidez. Podemos pensar que somos los animalitos más listos de toda la creación, pero la realidad es que cuando Eolo se cabrea un poquito, las casas salen volando por los aires. Que cuando Neptuno decide poner a galopar sus sementales, el Titanic y los que vienen detrás, se van a la misma mierda. Podemos pensar que somos autosuficientes y que la electricidad ha expulsado de nuestra vida a las yeguas de la noche, pero la realidad es que, en el instante supremo en el que miramos a la Muerte a los ojos, todos desearíamos la mano de la Madre asegurándonos que morir no es más que apartar una telaraña al pasar.
Montamos nacimientos con símbolos precristianos. Le rezamos a un personaje histórico revestido de imaginería previa. Creemos en un dios que ha ido recibiendo en Él los poderes de todos los dioses de los que consiguió saber los nombres. Pero Su Nombre no se puede pronunciar. Seguimos pensando que tenemos la verdad absoluta, solo porque esa pequeña verdad, la que creyeron y mantuvieron a sangre y fuego un grupo de esclavos, se ha mantenido por los últimos dos mil años. Y se ha mantenido a base de asimilar creencias, dioses, héroes y lugares sagrados, advocaciones, y a base de santificar mitos y cosmogonías. Se ha mantenido virginizando diosas y demonizando héroes civilizadores.
No se equivoquen, no tengo nada en contra de la Navidad. Pero sí que lo tengo en contra de celebrar sin saber qué estamos celebrando. Fiestas foráneas, ¡já!
Estoy en contra de la ignorancia. De la prepotencia. De pensar que somos la última soda del desierto (y que encima, aún tenemos gas), cuando en realidad no somos más que gotas minúsculas de agua en la clepsidra de Cronos.
Celebremos la Navidad sabiendo que es una celebración de la renovación de la vida. Que un dios estacional ha nacido de la Gran Diosa y que morirá, como ha muerto siempre desde que el mundo es mundo. Y como seguirá muriendo para resucitar desde el Inframundo, como una promesa de que el Sol, por ahora, se mantendrá en lo alto del firmamento, y que, por ahora, el Cielo no se desplomará sobre nuestras cabezas.
Así que ¡Ió, Ió, Ió! para todos los hombres de buena voluntad.