Javier Romero funda sobre fundaciones una voz que interroga con afán indagatorio. Lo mueve la poesía; es movimiento, un deseo de búsqueda, de descubrimiento para encontrarse en el abismo de los espejos, que no del espejismo. ¿Acaso no está condenado el hombre, como el Sísifo mítico, a ascender para caer, y vuelta al comienzo, siempre en pos de la verdad y esperando la redención?
En los textos de Romero el hombre es sustantivo, algo que está ahí esperando ser tocado para ganar el soplo, el aliento adjetivo de aquel dios que se engendra y nace de la imagen creada. El autor apela a un nadie, a una nada. Uno y los otros, ninguno y todos y los demás en un mayúsculo Yo, esa primera persona susceptible de todas las especulaciones posibles.
La poesía nació para conmover, para tocarnos con su ternura, para emitir el alumbramiento de las lágrimas en las ventanas del paisaje o para hacernos sonreír con su ludicidad. Pero ante todo exige cierta ración de franqueza y sinceridad; quiere buscar ahí dentro de uno, en la yesca del aliento nuestro propio fuego. Lo contrario es leña verde, ascua mojada, ceniza.
En su obra, Javier Romero intenta aferrar lo humano, que se aniquila “ceniza, cicuta”. Sus esfuerzos lo llevan de vuelta a ese círculo viscoso, a esa pasta venenosa que queda cuando se aglutina la eternidad y la nada, cuando nos dice: “el tiempo no es materia, pero emerge como un beso, una palabra”. O se extiende a fondo y yuxtapone los extremos de la eternidad: “el tiempo es sustancia paralela de la muerte”. Los versos, de claro acento genesíaco, quisieran engendrar un hombre nuevo, prohijado en una especie de prehistoria del futuro, con intenciones de afirmación, de alternativa salvadora, se niega a sí misma
El autor de “Para encontrar a un ser humano” no está buscando necesariamente a su prójimo ni está dejando establecidas las pistas para su hallazgo. Más bien cuestiona su mortalidad, mientras alucina y es su espejismo una duda dolorosa.