Como tantas otras veces, la estolidez humana me desarmó esta semana. El lunes, en las redes sociales se repetía hasta el agotamiento el nombre del ganador del Balón de Oro. Se comentaban los vestidos de los que pasaban por la alfombra roja de los Globos de Oro, (cuanto oro… y tanto oropel), se hablaba una vez más del asombro ante la desfachatez de los políticos… y se seguía manteniendo el plantillerismo de justa indignación ante el asesinato en la sala de redacción de Charlie Hebdó. Y colándose entre estos temas, casi pidiendo perdón por molestar, una noticia, alguien ha destruido dos esculturas en la fachada de La Merced. Pero, al parecer, nadie se indigna demasiado.
Yo tiemblo. Porque en 1992 yo fui los Budas de Bamiyán, volados por los talibanes, y la quemada Biblioteca Nacional de Sarajevo. Pero es que también fui una de las que lloró en la Bebelplatz en mayo de 1933. Yo sigo siendo aquella que se estremece ante la ‘Hoguera de las Vanidades’ prendida por Savonarola en Florencia a finales del XV. Soy la que golpea la pared con el puño de pura impotencia ante la Beeldenstorm calvinista, en los Países Bajos en 1566. Soy la que repudia y escupe en el nombre de Diego de Landa que destruyó en Yucatán códices mayas en el 1562. Yo era las Bibliotecas de Alejandría y Constantinopla. Y fui, sin duda, los intelectuales enterrados vivos y las obras quemadas por Qin Shi Huang en la China del 212 a.C. Soy los que fueron a la hoguera por conservar la sabiduría antigua de plantas y curación, que era patrimonio inmaterial de toda la humanidad, y la que muere por no abandonar el nombre de sus dioses. Soy Juliano, y Pelagio. Y soy el nombre de Ajenatón, cuando trataron de eliminarlo de la faz de la tierra.
No hemos aprendido nada como especie. Ni aprenderemos. Seguimos atrincherados en nuestros reducidos recintos mentales. Convencidos de que nuestras creencias y nuestras ideas son las únicas que son verdad. Nos impacta que unos asesinos maten a sangre fría. Pero no nos indignamos cuando destruyen el fruto del genio humano.
Porque no entendemos que el ser humano no es carne y sangre. No es un individuo que nace y muere, el ser humano es arte, y literatura, y risa y es el Síndrome de Stendhal ante la Belleza. Cada hombre es una mota de polvo revoloteando en un rayo de sol, insignificante y prescindible. Pero sus creaciones, aquello que es bello, que descubre nuevos mundos, que mejora la vida de todos los demás, son los pilares sobre los que se asienta nuestra humanidad, la tuya, la mía, la de mis hijos. Puedes matarme, podéis matar a muchos, pero cuando mis hijos entran en un museo y ven a la Dama de Baza, o una pequeña escultura en bronce representando a Sucellos y preguntan y entienden, y se asombran ante los artesonados ansalusíes, o escuchan música, o leen y se ríen sin miedo por la calle, entonces yo sé que la Humanidad tiene esperanza.
Mientras haya una sola persona que sea capaz de llorar ante la imagen de las dos esculturas estrelladas en el suelo, habrá esperanza. Creo. Aunque el resto de los estúpidos que la rodean sigan comentando el vestuario del perdedor de la pinche bola dorada.
Esto no tiene nada que ver con creencias o convicciones, que son como los culos, todo el mundo tiene uno, pero es preferible que lo tengan tapado, porque no todos merecen contemplarse. Y como decía Machado:
“¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.