Perfil
- Nombre: Gloria Guardia de Alfaro.
- Datos: Nació el 12 de marzo de 1940 en Venezuela. Novelista, ensayista y académica panameño-nicaragüense.
- Premios y distinciones: Medalla de oro de la Sociedad de Escritores Españoles e Iberoamericanos, Madrid. Beca de Honor, (OEA). Premio Nacional de Ricardo Miró varias veces. Individuo de Número de la Academia Panameña y Correspondiente de la Real Academia Española, colombiana y nicaragüense.
Gloria Guardia de Alfaro es una intelectual panameña-nicaragüense, que ha vivido en Colombia y conoce el mundo. Gracias a ello tuvo la fortuna de encontrarse en el camino con el poeta mejicano José Emilio Pacheco.
Tan pronto supo del fallecimiento de Pacheco, la escritora y académica expresó en su perfil de Facebook su pesar por la partida de “mi buen y admirado amigo”.

Pacheco, ganador del Premio Cervantes en 2009, murió el lunes 27 de enero, cuando el mundo literario todavía estaba resentido por la reciente desaparición de otro baluarte de la poesía contestataria y rebelde como lo fue el argentino Juan Gelman.
Guardia de Alfaro, quien asegura tuvo su primer contacto personal con José Emilio Pacheco en la década de los 70 cuando este sirvió como jurado del Premio Centroamericano de Novela y resultó ganadora con su novela “El último juego”, coincide con quienes estiman que la desaparición física del escritor mejicano significa que se apaga una de las “grandes voces de la literatura iberoamericana”.
La autora de “Lobos al anochecer” y “El jardín de las cenizas” y cuya obra ha sido traducida al inglés, italiano, macedonio y ruso, destaca entre los muchos méritos del caudal literario de José Emilio Pacheco el hecho de que en él siempre hubo “una conciencia moral sumamente viva”.
Esta semana, Panamá América se comunicó con la también académica para que, además de reflexionar sobre José Emilio Pacheco, hiciera referencia a otras pérdidas físicas que han tenido las letras.
¿Qué sensación le produjo la noticia sobre la desaparición de José Emilio Pacheco?
Como es natural, cuando leí en El Paísde España acerca de su fallecimiento, sentí mucha tristeza. Se apagaba una de las grandes voces de literatura iberoamericana.
¿Cómo fue su relación personal con él?
Con Pacheco había ido tejiendo una linda y muy afectuosa amistad a través de los años. Cuando él y Ángel Rama le otorgaron el Centroamericano de Novela a mi novela “El último juego” se inició nuestro diálogo epistolar. Años después pudimos abrazarnos varias veces en Bogotá y Cartagena. Además compartimos espacios en diarios mexicanos y en una antología bilingüe que en 2012 publicó el PEN Internacional “Escribe contra la impunidad”. Solía firmar sus cartas con el nombre afectuoso de “Bernie”.
A Pacheco quizás se le reconozca más por su poesía, pero también incursionó en la novela, el cuento y el ensayo, entre otros.
Desde esa perspectiva, ¿pudiéramos decir que tuvo una dimensión más amplia?
Diría que tuvo una gran dimensión en todos los géneros literarios. Juan Villorrio así lo dijo hace poco y con gran acierto: “Pacheco viene a inscribirse en la estirpe de Alfonso Reyes, de Octavio Paz, de Carlos Fuentes, de Carlos Monsiváis... cuya obra, al releerla, nos permite descubrir cada vez ideas y significados nuevos”.
¿Cuánto pierde la literatura con su desaparición y por qué?
La literatura ya había ganado y con creces durante el tiempo que José Emilio estuvo entre nosotros. Cuando un escritor de esas dimensiones muere, la literatura no pierde porque su legado ya es eterno y en esa medida, cobra otras luces para sus lectores.
Dijo Pacheco que su aspiración era “escribir lo mejor posible”.
Usted que conoció su obra, ¿diría que alcanzó ese propósito?
Desde luego. Era un polígrafo exigente y de conocimientos enciclopédicos. Pero quizá lo más importante es que sus escritos quedan como lo que son: una conciencia moral sumamente viva. Y eso lo encontramos al leer sus cuentos, su poesía, sus ensayos, sus novelas. En cada una de sus creaciones hay una afirmación de la vida y eso es lo que sobresale en este momento de su muerte.
Hace pocos días también se supo de la desaparición de Juan Gelman, otro bardo principalísimo.
¿Se está acabando una generación trascendental, por lo menos físicamente?; a su juicio, ¿qué representa esto para la poética?
A esa generación que es también la mía -aunque yo sea un poco más joven- le ha tocado enfrentarse a los conflictos políticos y éticos que surgieron durante la llamada guerra fría cuando las potencias instalaron dictaduras de izquierda o de derecha en casi todo el continente. De ahí que la literatura de esta generación sea un reflejo de las luchas libradas por quienes siempre hemos aspirado a un mundo libre y justo. Por eso –y como lo he dicho- nuestra literatura ha sido, como en todas las épocas, la expresión de la conciencia moral de una época.
¿Pudiéramos confiarnos en que hay una generación de relevo que pueda llenar estos vacíos?
Cada generación es única e insustituible. No podemos hablar de relevos. Más bien hablemos de voces que respondan a los signos de su tiempo.
¿Le gustaría hacer otra reflexión sobre Pacheco y las pérdidas que ha tenido la literatura en los últimos años como Carlos Fuentes, Eloy Martínez, Álvaro Mutis, Juan Gelman y José Emilio Pacheco, para citar algunos?
Cada uno de ellos fue protagonista y agonista de su tiempo, como diría Unamuno. Cada uno habló en un lenguaje muy propio, es cierto, pero siempre con la mirada puesta en el otro. Y quizá lo más importante: cada uno de ellos supo que tenía que interpretar su realidad a través de un diálogo con la literatura universal. Políglotas, grandes viajeros, cada uno de estos escritores estuvo al tanto de la importancia de abrirse a nuevas culturas, a múltiples referencias para abordar la agonía de ser en el tiempo.