“Si no los alimentas, tus problemas morirán” Neruda
Encogido, asustado, me siento desprotegido contra un barato dolor de rodilla. Qué pena. ¿Es posible que haya permitido que ese dolorcillo rastrero se apodere de mi mente y le prohiba ejercer lo que le gusta: lucubrar, pensar, escribir? Resignado, me siento frente a la pantalla de la computadora sin mejor cosa que hacer que revisar mensajes, sonreír con esfuerzo con algunos buenos chistes y sin producir nada. La creación quedo traspapelada, metida en una olla sin maceración posible, o, peor todavía, como el infeliz Fortunato, a quien su vengativo amigo Montresor emparedó con su copa de amontillado en lo más hondo del castillo para siempre. Mírame, infeliz por esas pulsiones de seis o siete voltios, tan insignificantes que no me sacan ni un ¡Ay! pero que merodean por mi rótula con malvada tenacidad.
Me di cuenta de cuán débil y cobarde soy al mirar por YouTube los cinco minutos finales del tercer movimiento del concierto para violín de Mendelssohn, que dirigió David Zinman con la orquesta Filarmónica de Nueva York, con un invitado fabuloso: Itzhak Perlman, un virtuoso del violín que sufrió de poliomielitis a los cuatro años y se vio condenado a desplazarse con muletas desde entonces. Y, dado que la polio no le afectó los brazos y mucho menos la cabeza, acomodó el violín entre cuello y hombro y lo convirtió en una alfombra mágica que lo llevó por el mundo entero. Itzhak, el valiente, se desplazó.
Mientras yo, sentado, enfrento a mi insípida rodilla y sus punzadas de espuma que sólo dicen: «aquí estamos para fregarte la paciencia. Eres tonto y débil, quédate sentado pensando en tu mezquina desgracia.» ¿Tendré la audacia y el descaro de comparar mi dolor con lo que ha pasado Itzhak? ¿Acaso no me levanto, aunque sea frunciendo el ceño, y camino y subo a mi estudio y ni siquiera uso bastón?
Shame on me. Claro que sí, vergüenza debe darme nada más pensar en compararme con Itzhak. Qué placer y qué lección verlo tan vivo, tan radiante, tan alegre; las muletas, invisibles en el piso, mientras la música ríe, dueña absoluta del ámbito del teatro que me brinda la pantalla y salta hacía mí llenándome de una esencia esplendorosa y vivificante.
¿Qué dices? ¿Te quedarás otro día más sumido en tu autoconmiseración sin hacer nada? No, no, abro esta página y escribo. Esto es lo que me sale.