La fractura de cadera que padeció el rey Juan Carlos durante su participación en una inoportuna cacería de elefantes en Botsuana y su posterior salida del hospital, apoyado en un par de muletas, reflejan en toda su dimensión la realidad de la economía de España y sustenta gráficamente el porqué los españoles se indignaron al percatarse de que el monarca se ocupaba a una actividad tan superficial, mientras un porcentaje importante de sus compatriotas lucha por subsistir en medio de una crisis que ha llevado la tasa de desempleo a oscilar entre el 19% y el 23% en los últimos dos años.
No es la primera vez que la imagen de don Juan Carlos ha sido puesta sobre el asador por incursiones similares. Antes lo hizo en Rumania y Rusia. En esas oportunidades el blanco de su escopeta fueron osos.
Pero ninguna de sus aventuras fue tan reprochada como la de ahora, precisamente, porque hasta en los medios afectos a la monarquía su decisión de usar al corpulento paquidermo como diana y después posar junto a él, terminó de aplastar el ánimo de una sociedad necesitada de apoyo y solidaridad de parte de aquellos que tienen más y que viven en la opulencia.
Evidentemente, la gente ya no se conforma con aquello de que “el rey reina, pero no gobierna”. La sociedad no está tan dispuesta -como antes- a que se despilfarren sus impuestos y menos a que se lo restrieguen en la faz.
Ahora el pueblo comienza a exigirles a los inquilinos de la casa de real que rindan cuentas, especialmente cuando de trata de viajes de este tipo, porque al final salen caros, más cuando hay de por medio un accidente que implique el pago de la hospitalización y de las prestaciones médicas.
Pasada la operación a la que fue sometido, el parte médico mediante el cual se le daba de alta señaló que el rey tenía "prácticamente plena autonomía para los movimientos cotidianos”.
Sería bueno que medite sus próximos pasos, porque ahora el pueblo lo está mirando más que antes.