Arrancaron las clases y en mis tiempos me acuerdo del olor de El Machetazo y de la “Librería y novedades Tito” donde mi mamá nos compraba los útiles. Olía a nuevo, a cuadernos por estrenar, a diccionarios (con todas las banderas del mundo en el centro) que descifraban las palabras desconocidas y hasta de las palabras “sucias”. El aire dejaba atrás el olor a ocio y estío y se instalaban unos aires más serios y de concentración en el estudio.
El reencuentro con los compañeros, la sorpresa por los nuevos y por delante un año para aprender, para emprender una aventura que fuera dejando atrás el demonio de la ignorancia para acercarnos más al conocimiento. La escuela es ese terreno donde comenzamos a fajarnos con la vida y donde practicamos el arte de vivir y de convivir.
De todas las materias que recuerdo hubo una que no cursé porque estudié el bachillerato en Ciencias: “Historia de las relaciones de Panamá con Estados Unidos”. Siempre tuve la curiosidad, pero me faltó la oportunidad de asomarme a una de esas asignaturas que no son fáciles de impartir. Y es que toda la Historia debe estudiarse y repasarse para que, como dice la vieja sentencia latina, no cometamos los mismos errores. Aunque los seres humanos, ya saben, siempre tropezamos con la misma piedra.
Leí con asombro que querían retirar esta materia y después se aclaró que solo era un cambio de nombre. No creo que los que la defiendan tal y como se ha llamado siempre sean más patriotas que los que quieren cambiarle el nombre, eso es lo que suelo llamar “pura liturgia”, lo importante es la relación que tengamos con la materia, con la Historia en general y en particular con esta parte de la nuestra.
No queremos que se vuelvan a repetir los hechos más terribles de nuestro pasado, no queremos volver ni a dictaduras ni “dictablandas” (lo vil es que se dicta), ni a injerencias en nuestras decisiones domésticas, pero tampoco queremos volver a la corrupción que se apodera de todo y que campa a sus anchas. De esos hechos hay poca memoria, nos dan como decía Pedro Altamiranda “guiales, guaro y campana” y con eso tenemos suficiente.
La vida se pasa volando y es mejor pasarla aprendiendo.
Debemos defender, ahora que arranca el año escolar, una educación que apunte a la construcción de una sociedad civil y crítica, que tenga su fundamento sobre la sólida roca del conocimiento. No necesitamos en nuestro sistema educativo sugerencia ni de iglesias (del signo que sea), ni de políticos interesados (del partido que sea) ni de pseudo-intelectuales entusiastas de la ignorancia que devalúan la importancia de una educación igual para todos y excluyen a los que menos tienen de una oportunidad de aprender, de dotarse de las herramientas para darse un futuro.
Necesitamos que los padres inculquen el respeto a los maestros y profesores, que enseñen a sus hijos, aunque les parezca mentira, que el futuro está en el estudio, que recuerden que la mejor herencia que les pueden dejar a sus hijos es una buena educación.
¿Y los estudiantes? Tienen que poner empeño en su tarea: preparase porque el mañana viene y no espera. La vida se pasa volando y es mejor pasarla aprendiendo, siempre alejándose de la ignorancia a punta de libro, “pilando”, aprovechando bien el tiempo porque lo días son malos como dice la Biblia.
Que este sea el año en el que entre todos derrotemos la pereza, en el que nos comprometamos con una educación excelente. Que cojamos todos, este año, el vicio de saber más.