La distancia del hotel a la Plaza de Santa Catalina era una pedrada. Nunca me sentí más jacarandoso y libre como en los cinco días que pasé en Las Palmas de Gran Canaria tras desembarcarme del atunero “Sea Star” que habíamos llevado desde Colón. Siendo yo el único panameño, mi cónsul me daba la alternativa de regresar embarcado y llegar con más plata a Panamá (la otra era el pasaje de avión que tenía en el bolsillo). Le pedí que me dejara pensarlo. Pasé cinco días pensándolo mientras tomaba ron, cerveza o manzanilla según fuese la hora del día.
La primera amistad que gané fue la de Pedro Álvarez, quien era mozo en el hotel y gran lector (al despedirnos me regaló las obras completas de Dostoyevski, edición Aguilar); luego Eufrasio, un contrabandista griego; Emanuel Cisneros, un legionario español y Gustavo Alcántara, un poeta tan manso y tierno que nunca había dormido fuera de casa. Eufrasio nos llevó a su territorio: La Calle de los Molinos de Viento. Ya adivinaron: música, tragos y de todo menos misoginia. Las orquesta de “La molinera” (llamémoslo así) me sedujo con su interpretación de “La jota de la Dolores”. Se convirtió en fugaz costumbre que apenas me vieran la emprendieran con “Si vas a Calatayud… ” Claro está, yo les mandaba una aromática botella de Anís del Mono. Entre tantas bellezas, empaté con “La Choya” y ya no pude ver a otra mujer. ¡Vaya canela y venga gloria! La tercera noche tuvimos dos bajas: el griego fue apresado y al legionario se lo llevó una redada militar.
Los sobrevivientes paseamos en coche tomando tragos por la calle de Galdos. Los invité a la barbería que visitaba por las tardes, donde Pedro descolgó una guitarra y se echó “una salidita”. Mira que les gustó a los barberos porque el local se llenó de curiosos que luego se tornaron clientes.
El poeta me llevó (lo bendigo por eso) al museo de Néstor, pintor de mar y cielo. Por deferencia con el poeta descorrieron el telón que ocultaba un desnudo (en los victorianos tiempos de Franco era pecaminoso ese arte). Aquella última noche conversé con un ahogado y cabalgué a una sirena en sueño de marino trasnochado.
Volví siete años después. Como puerto libre, aquella dulce y rumorosa ciudad de Las Palmas era una urbe estruendosa.
Aunque no los visité, supe que los Molinos seguían dando vueltas con el viento.