El patriotismo es el último
refugio de los canallas
Samuel Johnson.
En el otoño de 1936, una columna de los militares que se sublevaron en África avanzaba de Sur a Norte por las dehesas extremeñas, aplastando los escasos reductos republicanos.
A aquel pueblo entraron sin disparar un solo tiro. El comandante reunió en el ayuntamiento a la gente de orden (terratenientes y burgueses de derechas) y les dijo que, de acuerdo con el censo de la población, tendría que llevarse un mínimo de cien rojos para evitar que trataran de tomarse el pueblo cuando él se fuera. Don Salustiano, el médico, tomó la palabra y, después de agradecer en nombre de la comunidad decente su intención profiláctica, le dijo que los sediciosos más virulentos estaban prófugos, por lo que habría que conformarse con detener a algunos elementos de bajo riesgo.
Arrestaron a Pepe el pregonero porque en varias ocasiones había convocado a los vecinos a reuniones de la CNT, a un retrasado mental apodado “Pinocho” cuyo deporte favorito era correr por las calles con el puño en alto gritando ¡Mueran los curas!, a la anciana maestra Dolores porque apenas ganó las elecciones, el Frente Popular quitó el crucifijo que presidía el salón de clases y suprimió el Padrenuestro que se rezaba cada día, a un zapatero remendón sexagenario conocido por “Tirapié” porque distribuía el periódico Mundo obrero, y así fueron sacando de sus casas a lo que quedaba de la mala semilla, hasta reunir no más de veinte o treinta indeseables.
Apenas amaneció el día siguiente, la columna salió hacia el Norte a marchas forzadas, tratando de avanzar lo más posible para copar al enemigo por el Este de la provincia antes de que recibiera refuerzos y se reagrupara. Los presos iban esposados y apiñados en un viejo camión, delante de la tropa para que cayera primero aquella gentuza si acaso les tendían alguna emboscada. Después avanzaban los legionarios, despechugados y remangados, a pesar de que ya iba haciendo frío, con sus chulescos gorros de borla, sus mosquetones reluciendo al sol y sus canciones patrióticas. Los seguía un tabor de regulares, tropas marroquíes con oficialidad española, peor armados que los legionarios, pero igual de feroces. Por último, iba una centuria de falangistas provistos de pistolas y granadas.
No habrían avanzado una legua cuando los de la retaguardia observaron a un viejo que venía corriendo hacia ellos por la carretera. Normalmente, cualquier persona que se topara con los militares sublevados se ocultaba o huía, por lo que era sumamente raro ver a alguien que quisiera unírseles.
El anciano corría y corría sin lograr alcanzarlos. Por fin pudo llegar hasta ellos sudoroso y jadeante cuando la tropa hizo un alto para almorzar. Uno de los falangistas, conmovido por aquella insólita muestra de adhesión al Glorioso Movimiento Nacional, le ofreció una escudilla con lentejas y un trozo de pan, pero él negó con la cabeza y se limitó a descansar a la sombra de una encina. Se le acercaron algunos curiosos para preguntarle por qué quería ir con ellos, pero el viejo no contestaba y entendieron que era mudo.
Los sublevados continuaron marchando toda la tarde. El recién llegado caminaba y caminaba sin descanso, tratando de no quedar rezagado. Los guijarros del camino le rompieron las puntas de las alpargatas y tropezó varias veces hasta que terminó por deshacerse de ellas y seguir descalzo.
Antes de ponerse el sol, el comandante mandó hacer un alto y decidió eliminar estorbos. Le dio una orden a un sargento de regulares. Después hizo bajar del camión a los prisioneros y los alineó a un costado de la carretera mientras un grupo de moros se colocaba frente a ellos alistando las armas.
Casi todos los cautivos permanecían con la mirada clavada en el suelo como si no quisieran ver los fusiles asesinos. Solamente el zapatero levantó el puño dando vivas al comunismo. La maestra Dolores se dispuso a morir teniendo en el pensamiento a la persona que más quiso en su vida. Recordó cuando, siendo muy joven, fue nombrada maestra en aquel pueblo y conoció a un muchacho campesino que leía libros de Proudhon, Bakunin y Kropotkin y le decía que la propiedad es un robo. Terminaron enamorándose y vivieron juntos por treinta años sin poder tener hijos. Se alegró de que las tropas fascistas no lo encontraran en su casa por haber ido a faenar en un olivar a tres kilómetros de la población.
La ejecución atrajo la atención de soldados y falangistas y nadie notó que una persona se abría paso entre la tropa desesperadamente, tratando de llegar hasta el grupo de los reos que esperaban la muerte. Los moros del pelotón de fusilamiento quedaron indecisos cuando aquel anciano descalzo, sucio de sudor y polvo, se abrazó llorando a la maestra. Después los miró desafiante y gritó con todas sus fuerzas: ¡Ya podéis disparar!