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La cuestión es llegar

“Quiero ganarme el Gordito para llenar mi tanque de gasolina” Tito Piedra


Después de leer un tremendo artículo de Vicente Verdú en el suplemento ADN de la Nación sobre la influencia del automóvil desde su nacimiento, se me revolvieron las neuronas exigiendo mi propia opinión (que es lo que debe hacer un buen artículo, no sólo tratar de convencer sino poner a pensar al lector de manera que pueda agregar, si no su aprobación, sus onzas de desacuerdo). Le doy un tijeretazo al excelente escrito para compartir con los que me lean el resultado de una reflexión sobre la velocidad de una mente que piensa bien y que seduce con lenguaje preciso: “Lo que fue hace cien años un signo de progreso ha pasado a mostrar sus inconvenientes, y contra las emisiones de humos, tributos más altos; contra la contaminación lumínica, ordenanzas severas; contra el uso urbano del automóvil, reglamentos que bloquean el paso al centro de la ciudad; frente a la velocidad, radares por todas partes. Lo veloz ha dejado de ser igual a lo elegante. La vanguardia del siglo XXI destaca la lentitud como principio de casi todo lo bueno y a esa ideología pertenece la cruzada para la sostenibilidad de cualquier cosa. Frente a la pasión por llegar antes y muy lejos, la prudencia para llegar y no necesariamente a ningún sitio. Lo primero es proteger, conservar, no estresarse.” Agrego lo que se le quedó en el tintero a Verdú: el severo costo en vidas que cobra la velocidad.

Todavía no se ha inventado un medio de locomoción más eficiente que el tren. Sus confiables máquinas diesel o potentes motores eléctricos son capaces de arrastrar kilómetro y medio de vagones sean de carga o de pasajeros. Comparar ese rendimiento con lo que consumen las mulas de los contenedores, es comparar lo que gasto en uno de mis derrochadores baños (por muy sucio que me meta) con lo que se gastará en cada paso de barco por el canal aún con las tinas del ensanche canalero.

Si de automóviles se trata, prefiero los que vendrán con baterías de litio a los escandalosos devoradores de petróleo. Por suerte, de niño conocí el tranvía, transporte eléctrico, cómodo, silencioso, seguro (jamás supe de un atroz accidente entre ellos), y sus conductores tan corteses, honrados y elegantes (como Liverpool) y originales (como el mostachudo señor Moscoso). A los tranvías debemos volver, no importa si se llaman metro o elevados, la cuestión ahora es llegar.

 

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483368
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América