La “Cultura lite” me tiene harto. ¿Es necesario en verdad pasar por la vida probándolo todo, pero sin degustar nada? Me siento como uno de esos tipos que se dicen refinados y se la pasan deleitando el paladar con bocadillos exquisitamente preparados por un cocinero local que cobra menos que los extranjeros y que se encuentra bajo la dirección de un francés, norteamericano, inglés, indostano o chino que dice saber mucho de cuánto le gusta a la gente, pero desconoce cómo tratarla; en realidad, me interesa más llenarme, comer hasta reventar algo que me gusta, no quedarme con la avidez por guardar no sé qué imagen.
Vas al gimnasio, haces deportes, trabajas, tomas clases de esto o lo otro y te gusta leer; ¿para qué carajo haces tantas cosas? ¿Para olvidarte de ti mismo y de lo que más importa, para no convivir con la gente a tu alrededor? ¿Por qué llevamos ese campo magnético inverso que aleja a los que se nos acercan demasiado? En verdad, no es por protegernos o porque la gente hace daño, es porque “cada ladrón juzga por su condición”.
No hay gente mala, hay gente necesitada, que cuando tiene la oportunidad se aprovecha de los demás, por eso está siempre, irónicamente, al tanto de que no se aprovechen de ella.
¿Y las relaciones lite?, no puedo creer que hemos llegado a esto. ¿Qué somos, en qué nos hemos convertido? ¿En una manada que caza, come y se aparea junta y entre todos, a veces hasta sin importar género? ¿Dónde quedó esa persona especial, ese “amor” de pareja que inspiraba canciones, sinfonías, óperas y obras teatrales que han superado el olvido y se han proyectado a través del tiempo, llegando hoy día a parecerse más a un mito o relato fantástico de una situación que nos parece más extraña que un dragón de siete cabezas que lanza fuego?
Al final, la Cultura Lite te lleva a consumir, a probar de todo en el menor tiempo posible, no te deja profundizar bajo el cliché de que “el mundo es muy grande y la vida es muy corta”, para qué, si al final podré decir que hice mil cosas y fui a mil lugares, pero en el fondo, en ninguno dejé nada especial, de ninguno me llevé un buen recuerdo, uno hermoso, solo las 500 fotos que tomé con mi cámara digital de 6.34 mega- pixeles, las cuales tengo almacenadas en algún lugar (en un formato que ya ni sé cuál es, pues los cambian cada 5 días) que no sé dónde está, pero qué importa, si al final ninguna de ellas está de verdad en mi corazón.
No es posible que todo quede reducido a hacer las cosas sin sentirlas, ¿es que acaso nos acostamos con el corazón forrado en látex también?: No temas a quien temió.
La sociedad “evolucionó” hasta pelearse con el pensamiento de estilo “mente abierta”, hasta llegar a un punto en que nos fue cercenada nuestra libertad, por lo que hemos reaccionado a la inversa, pero esta vez cercenando nuestros sentimientos para que estos no afecten nuestra libertad; no sé cuál de los dos es peor, no sé si prefiero que no me vuelvan a herir o si estoy dispuesto a aceptar las consecuencias de sentir, aunque en el mundo neoliberal actual, sentir es casi un pecado.
¿Quién decide cuándo reímos, lloramos, tememos y guardamos?, ¿los medios de comunicación? ¿Puede la estación del año indicarnos qué color de ropa usar? ¿Qué carajo saben los diseñadores de alta costura de lo que me gusta ponerme? No puedo encontrar un zapato que me guste hace como cuatro meses porque a nadie se le ocurre ya hacer sino zapatos en serie, es algo como “o te pones lo que quiero o no estarás In”; ¿qué carajo es estar in?, déjame “out” de tu mierda, mejor.
El hombre lite se terminará consumiendo a sí mismo, y se extinguirá aunque evite grasas, nicotina, colorantes, y corra todas las mañanas; porque un día llegará a verse en el espejo y será no más que una cáscara vacía, la página de una revista, la novedad que grita un televisor, una foto, un simple, llano y plano anuncio publicitario…
*Escritor y ensayista