Sospecho (es lo único que puedo hacer con algo tan alejado de mí) que la perfección es lisa, blanquísima hasta doler las pupilas que la miren, y más fría que el viejo frigorífico de Claudio. Si el Big Bang fuera la explosión perfecta, jamás llegaría el momento en que todas las luminosas partículas detuvieran su expansiva carrera y desistieran de su empeño de tocar el infinito. En stop, le tirarían trompetillas a esa tranquila doña que es la Entropía. ¿De dónde saqué esas partículas? De la afirmación de Stephen Hawking que me dijo: «hay al menos 1080 de partículas en el universo que podemos observar». ¿O serían antipartículas?
Si a la perfección se le ocurriera manifestarse con cierta frecuencia, saltarían muchas cosas en su contra: primero, dado que ella es tan azarosa, conseguirla sería una ilusión, o sería tan fugaz que no podríamos tocarle ni un pelo de su flotante moña; segundo, si la alcanzáramos, aunque fuera en teoría, veríamos que es aburrida, ya que dentro de su esencia nada es criticable, y sabemos que lo inobjetable resulta cansón hasta el despecho.
Lo que sí es bueno, es la necedad y tenacidad con que buscamos la escurridiza perfección. Hasta Rigoletto sabe que la cercanía a la perfección es preferible a la imperfección, ya sea rasa, o como la fulana llena de lunares, solamente notable.
¿Has visto a esos exquisitos que se creen perfectos? Sus deslumbrantes cerebros no pelan una. Nada más ridículo. Oírlos y verlos es como para alquilar palcos. Tienen todas las respuestas y ninguna pregunta. ¿Qué van a preguntar si todo lo saben? Una vez marché con ellos, por suerte, no terminé la parada, me di cuenta de que era un payaso más y me salí del vistoso desfile y me tomé un lavagallo en la cantina más próxima, que resultó ser “La Montmartre” (donde abundábamos con Toño Alvarado y Tito Piedra)
Ahora que estoy al lado de los que nada saben (Sócrates es el jefe de esta pandilla) me siento menos imperfecto.
Cuando me pongo a lucrubrar de esta manera, afirmando cosas a diestra y siniestra, es decir, como pontificando, permitiendo el desboque al potrillo salvaje de mis pensamientos, yo que tú, no me haría mucho caso puesto que soy como cualquiera de esos analistas económicos, futbolísticos o políticos que, partiendo de premisas inventadas, llegan directamente a conclusiones perfectamente equivocadas.
¡Perfecto, dijo un jorobado a un derecho!