Un sacrificio que no era necesario
- ‘Yo tenía la edad de los chicos que iban a Las Malvinas, no fui porque la gente que había empezado la universidad no tuvo que ir al servicio militar obligatorio, todo el mundo sabía que se iba terminar con la vida de los chicos a manos de un imperio terrible’.
- Leopoldo Brizuela
Son cerca de las seis de la tarde. La Vía España y sus alrededores son un tejemaneje de vehículos e impaciencias. El escritor argentino Leopoldo Brizuela apenas tiene tiempo de llegar al hotel y salir de nuevo. Le recomiendan que camine hacia la sede donde presentará su libro porque es mejor andar tres cuadras por 10 minutos, pues montarse en un carro en medio de ese lío pudiera ser una pesadilla de casi una hora.
Pese a que han pasado doce horas desde que partió de Argentina con destino a Panamá, el flamante premio alfaguara 2102, no para. A paso lento se le ve subir las escalinatas camino a cumplir, primero, con una más de las cientos de entrevistas que ha concedido desde el día que Rosa Montero lo llamó para informarle que su novela ‘Una misma noche’ había merecido el premio. Minutos después, vendría la presentación del libro ante la comunidad literaria panameña.

‘Una misma noche’ se comenzó a escribir en 2010, cuando el protagonista fue testigo de un asalto parecido, un incidente que presenció a los 12 años en el mismo lugar y que protagonizaron, una vez más, los uniformados.
Brizuela sostiene que, aunque la novela está ambientada mucho en el tema de la dictadura que imperó en su país entre 1976 y 1983, el valor de la novela radica en que en ella se desvela que todavía persiste el miedo en la gente, que prefiere mirar a otro lado o hablar en voz baja para no sufrir represalias.
Panamá fue una de las paradas que está haciendo en varios países de Latinoamérica como parte del premio, y dicho recorrido ha servido para establecer un diálogo entre el libro, su autor y la gente. También, asegura con orgullo Brizuela, ‘Una misma noche’ ha servido para que muchas personas -incluyéndolo a él- se desahoguen.
¿Qué es lo mejor que ha sacado de su novela ‘Una misma noche’, tras su paso por varios países?
Sin duda, el diálogo que se estableció en toda Latinoamérica con la novela, a pesar de que nunca pensé que fuera una novela, ni siquiera argentina, es una novela de mi barrio, en los lectores sentí como que se dijeran 'ese chico pudo haber sido yo' porque es una experiencia de toda América Latina. Lo más conmovedor es cuando los lectores, sean periodistas o sean lectores comunes, terminan el libro y me cuentan sus propias experiencias o experiencias parecidas.
¿Esperaba que hubiera esta reacción ante la trama de 'Una misma noche', o el hecho de que ganado el Alfaguara le ayudó?
Claro que el premio ayudó en el sentido de llegar a tantos países, pero creo que el tema también interesó mucho; no sé a qué atribuirlo, pero es una historia contada con mucha sinceridad y una historia íntima en la que cada uno se puede ver un poco en lo que cabe. Porque el tema principal para mí no es la dictadura, sino el despertar de un chico a la vida adulta, a la vida de un varón, y lo que entiende de pronto, en una noche muy violenta, respecto de la sociedad.
¿Qué diferencia de percepción de la obra se puede dar entre una persona contemporánea con usted y un joven que no vivió el primer episodio (dictadura) que da lugar a esta novela?
No sé. Es una buena pregunta. Yo creo que es una novela muy de mi generación, cuando estaba pensándolo, en algún momento intenté cambiar la edad y me pareció que era lo menos cambiable, porque es la experiencia de alguien que tenía 12 años a principios de la dictadura y 20 cuando terminó. Entonces, es alguien como yo, formado en esa época, que lamentablemente tuvo que abrirse paso y tuvo que imaginarse un destino dentro ese mundo. Los jóvenes le prestan atención porque el tema les es interesante. Hay un interés renovado, en principio por la política y luego por esa época que es tan crucial.
Hablar de dictadura en las postrimerías de los 70 y comienzos de los 80 no es igual que hacerlo ahora, ¿cómo establece ese diálogo de dos épocas en su novela?
El personaje recuerda una vivencia traumática, alguien me decía que cuando algo es traumático y se queda grabado no se queda en el pasado, es algo que siempre está allí. Pudo haber pasado hace 33 años, pero puede estar muy presente y formar parte de la cotidianidad. Ahora, en la parte política, por supuesto, que ha cambiado muchísimo todo, y la gran sorpresa del personaje es cómo, a pesar de todo el esfuerzo que se hizo y de cómo con todos los cambios políticos que ha habido, todavía queda la banda de gente que en la dictadura asaltaba y ahora también, pero más que eso me interesaba ver cómo quedó el miedo. En situaciones de peligro, de violencia, reaccionamos de la misma manera; eso es lo que me interesaba profundizar y analizar como una especie de arqueología de los comportamientos de cada uno de nosotros. La primera escena, la del asalto en 2010 es real, cuando hubo un asalto cerca de mi casa y al día siguiente nos dimos cuenta de que estuvo involucrada la policía. Mi reacción fue meterme en casa y cerrar la puerta, no avisar a nadie, o la reacción de una vecina que se me acercó y hablaba bajito como si hubiera un micrófono; esas cosas de la gente común me interesaban y bueno, yo me puse la hipótesis de que eso queda, de que esos comportamientos quedan desde esa época de tanto terror y fui buscándolos.
En esa búsqueda, ¿descubrió que la gente aún siente miedo?
Sí. Y siente miedo sin darse cuenta de que lo siente y eso es lo peor, porque fue entrenada en el miedo y reacciona de la misma manera que antes. Algo curioso es que cuando se anunció que la novela trataba este tema, la gente todavía me decía: 'pero qué pasó, qué represalia hubo'. Es decir, que la gente todavía teme que si habla le va a pasar algo tremendo, es algo muy arraigado.
Como autor y como testigo de la dictadura, ¿ha superado el miedo?
No exactamente. No sé. Siento que tengo una visión diferente, me siento feliz de haber escrito el libro y, sobre todo, me hizo muy bien hablarlo con otra gente que ha pasado lo mismo, pero si vuelve a pasar algo parecido no sé si me voy a sentir bien, le mentiría. Lo cierto es que uno tiene cada vez más claras las cosas y eso ayuda.
¿Le sirvió ‘Una misma noche’ de catarsis de desahogo?
Sí, porque además son temas o vivencias de las que no se hablaba. Este tipo vivencias no se hablan, por- que son las vivencias de un ciudadano, de la vida cotidiana, por eso es que se me acerca cierta gente a contarme cosas que nunca había contado. Por muchas razones, a veces porque pensaban que no eran vivencias heroicas o que no los dejaban demasiado bien parados, a veces por culpa, porque les daba pudor contar una cosa pequeña frente a gente que pasó cosas peores.
Siendo también periodista, ¿en qué ámbito le parece que puede incidir más en el ánimo de la gente, de la sociedad?
Creo que como periodista, pero nunca me propuse influir.
¿Pero le parece que lo ha hecho con toda su obra o con esta última novela?
Me puse muy orgulloso con las reacciones que ha habido con 'Una misma noche'. No por haber influido en la sociedad, sino en la gente a la que le he hecho bien. Esta novela es un movimiento incesante entre la memoria y la literatura.
¿Se puede considerar esta obra como un aporte a la memoria del pueblo argentino?
Yo no diría al pueblo, que lo digan otros.
¿Le gustaría que fuera así?
Supongo. Me gustaría, no sé si a la memoria, pero que ayudara, si no a recordar, a que la gente se pusiera en el lugar de los personajes. Eso me interesa mucho. Que dijeran: si yo hubiera estado en esa situación, ¿qué hubiera hecho? Porque muchas veces la gente imagina que en determinadas situaciones actuaría más de acuerdo con sus ideales y sus principios y no siempre es así, somos humanos.
¿Cuánto hay de ficción y cuánto de realidad en este libro?
De real hay mucho, lo que no hay es de autobiográfico. Las cosas autobiográficas son muy pocas, sobre todo el pasado. Ese fue mi desafío después de escuchar muchas cosas sobre la dictadura, leer libros, ver películas y después preguntarme de qué me acuerdo yo; el desafío es poner en la mente de un chico de 12 años y ver qué percibía, qué veía, qué entendía y, bueno, de lo que me acordé fue de esos paisajes que aparecían en las novelas y después de un montón de anécdotas, que son los que componen la novela.
¿Lo ayudó el aspecto de la infancia para la concepción de la novela?
Sí, me fascinaba ver qué entendía un chico de 12 años en esa época. Era como un desafío muy impresionante saber qué entendía de lo que pasaba, además, todo era un secreto. Se dice de la dictadura que hay dos posturas opuestas, o todos sabemos poco o nadie sabía nada y a mí lo que me interesaba era qué saber, porque este chico no sabía qué es un desaparecido porque no existía la palabra, no sabe qué es campo de concentración porque estaban ocultos, pero sabía que tenía miedo.
En su opinión, ¿ha entendido y superado el argentino, la Argentina, el tema de la dictadura como para no volver a eso?
Volver, nunca. Eso, por suerte, es inconcebible. Ha habido un gran cambio, ya tenemos 30 años de democracia y creo que eso se nota. Hay una solidez y una manera de pensar más inteligente.
Usted criticó el hecho de que la dictadura enviara a jóvenes a las Malvinas, ¿qué piensa del tema que ahora ha vuelto al tapete, aunque en otros términos?
Mantengo el mismo criterio, creo que la visión que tiene la novela es de la gente de esa época. Yo tenía la edad de los chicos que iban a las Malvinas, no fui porque la gente que había empezado la universidad no tuvo que ir al servicio militar obligatorio, pero cómo la gente se ruborizaba por ese gran disparate de los militares y que todo el mundo sabía que iba a terminar con la vida de los chicos a manos de un imperio terrible.
¿Qué espera para el futuro con este libro?
Espero que siga dialogando. Me parece que he recibido tanto, que me cuesta imaginar qué más puedo recibir de él. Que siga su camino, que siga solo, me parece que tiene mucho para escuchar, y la verdad que me gustaría seguir escuchando.