Hace un año escribí para la revista SOHO una nota con intenciones jocosas donde vulneraba, desacralizaba, más bien, las supuestas “virtudes”, significados y leyendas en torno al arbolito de Navidad. Me refería entonces al tráfago consumista que exacerba el estado de ánimo de los panameños y apostaba por cosas más sencillas…
Diciembre se ha convertido, por cortesía de nuestra idiosincrasia, en un tiempo que pauta finales. Cierran las escuelas, la graduación de los muchachos, muchos cobran el décimo, los ahorros, bonos y otras formas de estimular a los trabajadores que ofrecen, tanto el Estado como la empresa privada. Muchos de esos recursos se disponen para mover la economía de la Navidad. En eso nadie nos gana. Se multiplican compras y compradores, y ahí van los adornos para la puerta y las lucecitas de colores para el árbol; el linóleo nuevo para después de pintar la casa; uno que otro artefacto nuevo; el pavo, el jamón, el arroz con no se qué, el saril, las uvas, las manzanas, el ponche, la infaltable rosca de pan y, por supuesto, los sagrados bebestibles. No hay fiesta que merezca la pena si no acuden las bebidas espirituosas.
Aunque no creo que los excesos, en que incurren muchos paisanos, lleve en la entraña el un tanto soslayado “espíritu navideño”, sí siento que cada uno hace lo mejor que puede con lo que tiene para regalarse la sonrisa de los niños cuando llega el santoclófalso y reparte los regalos, que casi siempre se espera sean juguetes.
No se le ocurra regalarle ropita a los pelaos por estas fechas. Puede ser traumático. Para eso está el cumpleaños del escuincle.
La Navidad, el Año Nuevo forman una química especial. Ambas fechas devienen en una especie de pauta entre un antes y un después; entre un final y un principio y, hasta me atrevo a asegurar que, por breves instantes, la gente se siente buena y merecedora de los obsequios que el padre otorga.
Muchas de las costumbres que nos llevan a cumplir con ciertos ritos el 25 o el 31 de diciembre son prestados, otros heredados, numerosos impuestos por la publicidad siempre engañosa. Pero quién desprecia el “botín” de ver a los suyos en torno a la mesa; cada uno con una alegría distinta, con motivos diferentes, con la memoria de los que no están, que sí están porque se les recuerda.