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La historia de cómo un novato entrevistó a un ‘big leaguer’

Un jovencito que en las lides del periodismo todavía olía a talco de bebé –como se mofaban en la época los titanes del oficio– llegó una mañana


Egbert Lewis (egbert.lewis@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Un jovencito que en las lides del periodismo todavía olía a talco de bebé –como se mofaban en la época los titanes del oficio– llegó una mañana al hipódromo con la misión de entrevistar a un hombre al que solo había visto en la televisión y en los periódicos.

Entre ellos había diferencias marcadas. Físicamente, el pichón de periodista era una suerte de peso gallo (118 libras) y de estatura promedio, mientras que su futuro interlocutor era un peso pesado en todo el sentido de la palabra: se trataba de un tipo alto, de unas 300 libras, con buen temple de voz y considerado como uno de los hombres más poderosos e influyentes en el ámbito burrero. Y no era para menos, porque manejaba una inmensa cuadra de caballos, era uno de los principales importadores de finasangres, fungía como representante de un haras y, para remachar, era líder indiscutido de las estadísticas.

Sin duda, esta iba a ser la primera gran entrevista de ese pela’o para entrar al negocio con paso ganador. Al llegar al hipódromo, sin nada que lo identificara más que una grabadora portátil que asemejaba un bloque, se las ingenió para llegar al área del mirador, próximo a la curva de los 1500, en donde el personaje dirigía las operaciones de su cuadra cronómetro en mano.

Tímidamente, el novato se acerca al gigante, a quien todos llamaban “Droopy”, comete la imprudencia de tocarlo para llamar su atención y lo distrae. -¿Qué quieres?- preguntó. Cumplido el cometido de hacer el contacto, le explica el propósito de su visita. –Ahora mismo estoy ocupado–.

Esta respuesta fue como un balde de agua fría. –Coño, no habrá entrevista para el programa del mediodía– pensó, pero el corazón le volvió al cuerpo cuando escuchó estas palabras: -Búscame a las 10 donde “El Abuelo”-. El Abuelo era un cafetín en donde se reunían los hípicos a desayunar y tertuliar después de los entrenamientos.

A las 9:55 el periodista estaba ahí y “Droopy” también. –Ven, siéntate y pregunta lo que quieras–.

A estas alturas del cuento ya sabrán que el periodista con olor a talco Johnson era yo y el personaje al que iba a entrevistar era Alberto Paz Rodríguez.

Después de este primer encuentro creo haberlo entrevistado no menos de 100 veces, sobre temas buenos y sobre otros no muy gratos; en las buenas y en las malas. Cuando fui ganándome respeto y algo de autoridad en el ambiente llegamos a tener diferencias de criterios, pero siempre lo buscaba cuando quería una opinión de alguien versado sobre cualquier vertiente del complejo mundo hípico.

Una vez, tras alguna de sus hazañas, lo entrevisté y ante la pregunta de que si pensaba que su éxito era producto de que en Panamá tenía todo a su favor, respondió: “Yo soy un [B]big leaguer[/B], hubiera triunfado en cualquier parte”.

Hace cuatro noches fui testigo cuando se le entregó a Alberto Paz Rodríguez el Gran Premio Nacional de Hípica que se instituyó este año en honor a Fernando Eleta A., a quien “Droopy” reconoce como su mentor.

Lo vi emocionado. Yo también sentí algo de emoción –aunque no lo crean, me emociono a veces– porque se lo merecía y sentí que parte de ese premio era mío debido a que, además de haber sido yo quien lo propuso, creo que también es un premio para mí por haber tenido que esperar casi dos horas a ese [B]big leaguer[/B]para que me diera mi primera entrevista y no volver a la emisora con la grabadora en blanco.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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