Nuestro director técnico, Julio César Dely Valdés, tiende a lucir, en ocasiones, una actitud intolerante hacia con la prensa deportiva, y eso es reprochable, pero es innegable el aporte “cultural y deportivo” que, desde el banquillo, le ha inyectado el colonense al fútbol nacional.
Dely ha tomado todas las medidas necesarias para prevenir posibles agresiones físicas y sicológicas contra Panamá, como las que se dieron antes, durante y después del partido ante El Salvador en el 2008 y que influyeron en nuestra prematura eliminación. La lección se aprendió.
Más allá de sus alineaciones sorpresivas y decisiones algo polémicas, el estratega ha acertado en prestarle especial atención a ese aspecto extracancha arriba citado (proteger a sus jugadores de posibles agresiones y perturbaciones de aficionados rivales), tan descuidado por su predecesor, el costarricense Alexander Guimaraes.
También ha sido fundamental el apoyo irrestricto de la afición, que ya no solo va al estadio a alentar a sus guerreros, sino que ahora se lanza al hotel donde está hospedado el rival de turno y le arma un bullicio para no dejarle dormir.
Estamos en una eliminatoria, y Panamá la está viviendo como nunca. El equipo debe ser más autocrítico. La ingenuidad se acabó, solo falta que esto tenga un final feliz.