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La lengua y la realidad


Suponen algunos hablantes (más de los que pensamos) que el idioma,  tal como se encuentra,  está  mal, que no es equitativo, que en algunos o en muchos aspectos no se ajusta a las exigencias de determinados grupos.

Echan un vistazo al diccionario y lo encuentran extremadamente “machista”, “purista”, “infestado de extranjerismos”,  miran la gramática y piensan, equivocadamente,  que los y las  y todos y todas es la solución perfecta para “incluir” a los de un género gramatical  y a los del otro, mientras la ineludible y agobiante  realidad social y económica  excluye a los marginados, los desposeídos,  sean hombres o mujeres, y que la arroba (@) equilibra las cargas o sirve para matar dos “pájaros” de un solo tiro.

Desconocen que el idioma no se regula por decretos y que no hay  academia,  universidad y, mucho menos,   ministerio o sistema capaz de  meter en cintura a este “ser vivo” “indomable” que es la lengua. Concluyen que algo anda mal y que urge abrir la boca o escribir para “enderezar” el rumbo equivocado de un idioma que tiene  más de mil años de existencia, regulado por sí mismo en su sintaxis, su morfología, su fonética, su semántica y su etimología.

 

Querer tapar el sol con un dedo
Científicamente,  la concreción  de un hecho no responde a los valores ni a las subjetividades, sino a la objetividad.

Rechazo las expresiones “hacerse el indio”,  “no tener argollas”, “trabajar como negro para vivir como blanco”, porque son esencialmente discriminatorias, peyorativas y burlescas. Si pudiera, las borraba del diccionario, convocaba una reunión para desterrarlas, “prohibirlas” (?). Pero me doy cuenta de que allí están y,  además, la gente las usa.

Esa es la realidad. No es como regular la velocidad de los autos o los decibeles de la música,  si acaso se puede. 

 

El idioma se  autorregula
Ni el Director de una Academia ni los lingüistas ni los investigadores marcan los cauces del idioma. Son los hablantes (de manera natural, sin sujeciones, con conocimiento de las normas, pero con libertad, con decisión propia,  al margen de lo que haya) los que rigen la lengua. Por allí va.

Nos quedamos con un palmo de narices esperando que el idioma nos obedezca.

Al final,   el idioma termina siendo lo que debe ser.

 

* Correción: En la edición anterior, el verso final que se citó “Pasan los siglos y uno no hace más que repetir las viejas palabras rutinarias”, por error se le atribuyó a un autor distinto del verdadero, el poeta español José García Nieto.


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372367
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América