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La lengua y sus bemoles


No faltará quien arrugue el entrecejo ante el encabezado de esta columna, y comprendo esa actitud. Hay palabras o expresiones que, ellas solitas, sin exhibir su significado, nos transmiten ideas que, algunas veces, no son las pertinentes. Por ejemplo, con el título solo aludimos a las dificultades que plantean ciertos temas, en este caso nuestro idioma.

Esa especie de “contaminación semántica” da lugar a malos entendidos y hasta a situaciones jocosas. Así, al hablar de “restauración”, es comprensible que uno piense en etapas históricas de ciertos países, en la acción de reparar objetos antiguos… pero también podríamos aludir al negocio de los restaurantes (palabra que se deriva de aquella meta de los antiguos mesones: “restaurar” el cuerpo). Por lo menos la confusión probable es mejor que la que podría darse cuando alguien escuche hablar por primera vez de “arte culinario”, que simplemente se refiere a esa buena mano para los guisos de ciertas personas (¡benditas manos!).

El colombiano José María Vargas Vila (1860-1933) fue (y sigue siendo en algunos cenáculos) un escritor reverenciado; encuentro que, fuera pretextos, lo que a muchos les encantaba era la forma tan letal que tenía para agredir con palabras. No en vano Borges lo destaca por esa cualidad. Si hay algo que causa admiración pública es ver cómo alguien acaba a un adversario dialéctico mediante una frase contundente.

 

Los hechos respaldan esa teoría. No es posible olvidar el furor provocado hace un par de años por la pregunta retórica “¿Por qué no te callas?” de Juan Carlos de Borbón a Hugo Chávez, o la célebre respuesta de Diógenes a Alejandro Magno en el siglo IV antes de Cristo: “Apártate y no me quites la luz del sol”; o la expresión cargada de furia del canciller Juan Antonio Tack (q.e.p.d.) cuando en 1973 pronunció ante el Consejo General de la OEA su lapidaria sentencia: “Estados Unidos ha vetado a Panamá, pero el mundo entero ha vetado a los Estados Unidos”. Como apreciamos, no son las palabras soeces, ni las chabacanerías, las que perduran en la historia de los insultos.

Ahora bien, existen vocablos que parecen andar con una pistola al cinto. Diga usted “sátrapa” y, aunque sea la primera vez que escuche el término, el oyente demeritará al aludido; diga “zaperoco” y el término se describe a sí mismo, o pídale a alguien que le explique qué significa “desmenuzar”, o “zigzaguear”, y verá cómo sus manos se adelantan a explicar lo que usted averigua.

Pero hay palabras que esconden o camuflan bien su significado, como ya dijimos. Nunca diga ante un desconocido que los términos que él emplea son parte de su idiolecto, o que lo que acaba de pronunciar es un idiotismo. Si lo hace, manténgase a cierta distancia, mientras llega la oportunidad de aclarar que idiolecto es la manera particular en que un individuo se expresa oralmente, mientras que idiotismo es el modo de decir algo sin atender a las normas de la lengua, pero que aún así resulta comprensible en su contexto (“¿Vas a ir siempre a mi casa?”, “¿Conseguiste siempre el pescado?”).

 

“Estulto” no da muchas señas de su carga nociva para el que la apaña, pero equivale a “tonto”, aunque dándole mayor fuerza al agravio. Empero, “paniaguado” evoca ofensas inexistentes, pues el término alude al “servidor de una casa, que recibe del dueño de ella habitación, alimento y salario”, o bien al “allegado a una persona y favorecido por ella”.

Quizás en todo esto pensaba quien acuñó el refrán “Más duele la palabra del amigo que la cuchillada del enemigo”.

Que la palabra te acompañe.


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671516
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América