Lo primero que aprendí de Samuel, como insinué en mi glosa anterior, es a relacionar la literatura con lo que vivo.
Y no me refiero a calcar la realidad sino a “reflejar” la realidad. Kafka, por ejemplo, escribió sobre el evento imposible de convertirse en cucaracha, pero lo que nos transmite es cómo se siente ser una cucaracha.
Novalis decía que el que descubre lo que está en su corazón, devela lo que está en el corazón de todos.
A veces, cuando voy a la presentación de un libro o leo una nueva obra, algo dentro de mí siente desagrado y no sé por qué. Los párrafos están bien escritos, la estructura no tiene mácula…
El único modo que tengo de explicarme esto es que el escritor – ese mal escritor -se disfraza. No habla de lo que siente en realidad. Quiere crear personajes perfectos y todos sabemos que no hay persona perfecta. No hurgó en el bolsillo de su corazón para sacar lo que sentía y dárselo al personaje. A la hora de conmover, no se puede aparentar.