¿Quién es ese que yace pálido, inmóvil y silencioso en el níveo lecho hospitalario? ¿Será el mismo que ayer reía y nos divertía con las ingeniosidades que le dictaba su inquieto cerebro? No, éste es otro. ¿Pero, espera un momento, será otro en verdad? ¿Es que no somos uno? Claro que no, somos muchos metidos en un cuerpo, y aún somos más metidos en una mente (cualquiera puede incubar a un lambebolas, a un dictador, a un farsante, a un santo y a un genio todos juntos y revueltos).
¿Acaso soy un ser aislado, un bloque único? No, soy muchos. Han espolvoreado mi árbol genealógico sobre mi cuerpo y mi mente. Me multiplicaron. En mí sobreviven las gónadas y el ADN de mis ancestros: las uñas y la calvicie, los buenos músculos, las resistentes piernas y la audición deficiente de mis ascendientes. Ente, entes. ¡Me gusta la cacofonía! Y, ¿en mi mente? ¡Caraxo! ¡Más entes! Dentro de mí, tengo a todos los que me han impresionado y que de alguna forma influyeron en mi carácter. Cuando menos lo espero, ¡fuácata! aparecen enredados con mis yoes genéticos. En mi cabeza caben todos, revueltos y alborotados. Desde Popeye el marino a Baruch Spinoza; del profesor Chichí Martin a Giordano Bruno, del Capitán Blood al mágico Sinán.
Quiero escapar de la vida montado en una fuga de Sebastian Bach, o silbando las cuatro estaciones de Vivaldi. Quiero recordar los rostros de Archimboldi. Quiero estornudar con fuerza. Quiero caminar con la agilidad de Ismael Laguna y la poderosa lentitud de Sancho Panza, escuchando el acordeón del Ñato Monga. Quiero repetir frases de Schopenhauer. Quiero compartir y multiplicar la sensualidad de Anais Nin. Quiero fuerzas para seguir envidiando el genio de Chaplin y la gracia de Gene Kelly bailando bajo la lluvia. Quiero tararear Taboga en la casa de mi hermana y, por supuesto, bajo mi almohada, entibiar los ensayos de Montaigne mientras releo Las mil y una noches. ¡Que vivan en mí, hasta lo último, los que contribuyeron a mi buena vida! Por eso me niego a ser un vegetal encamado. No seré un enfermo incoloro, sin voz ni voto para la vida. Los míos saben que me sobra una voluntad cantarina de poner fin a mi propia existencia cuando lo peor de la vejez (el dolor, el vacío mental y el inexorable olvido) hagan desaparecer los sabores y "perfúmenes" de la vida.